viernes, 14 de diciembre de 2012

Marketing (/'mɑ:(r)kətɪŋ/)


Este anglicismo ya está demasiado implantado en nuestro lenguaje cotidiano como para hacer entender a nadie que en castellano tenemos las palabras “mercadeo” y “mercadotecnia” (término acuñado por el publicista mexicano Eulalio Ferrer). Lo malo es que actúa como un virus contagioso, haciendo que dejemos de utilizar “cuota de mercado” para sustituirlo por “market share” (/'mɑ:(r)kɪtʃeə(r)/), “mercado de estraperlo” por “black market” (/blæk'mɑ(r):kɪt/), “mercado de valores” por “stock market” (/stɒk'mɑ:(r)kɪt/), “mercado alcista” por “bull market” (/bʊl'mɑ:(r)kɪt/), “mercado bajista” por “bear market” (/beə(r)'mɑ:(r)kɪt/) “publicidad” por “acciones de ‘marketing’”, etc. Incluso creamos nuevos términos prácticamente de la nada, como es el caso de “neuromarketing” (‘aplicación de técnicas neurológicas al ámbito de la investigación de mercados, estudiando los efectos de la publicidad sobre el cerebro humano con la intención de predecir las conductas de los consumidores’), “marketinero” o “marquetinero” (calco de “marketer”, es decir, “promotor”, “vendedor”), “marketizar” o “marketización” (‘orientar la organización hacia las necesidades del cliente’), etc.
También se ha propuesto la adaptación gráfica “márquetin”, lo que ha aprovechado Teresa Forcades en su revelador libro Los Crímenes de las Grandes Compañías Farmacéuticas para pergeñar el híbrido “márqueting”.

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