viernes, 23 de marzo de 2012

El paciente sin antecedentes de suicidio (Bertha Gutiérrez Rodilla)

 

No es infrecuente encontrar en las obras que se dedican a analizar el lenguaje científico que dicho lenguaje es preciso, neutro, objetivo y otras cosas por el estilo. ¡Ojalá que así fuera! Lamentablemente, no es infrecuente tampoco encontrar textos científicos donde estas y otras características, que alegremente se le presuponen a dicho lenguaje, brillan por su ausencia: la precisión se tambalea más de lo deseable por un exceso de sinónimos o de términos polisémicos. O por el empleo de palabras como “ciertos”, “algunos”, “determinados”, “numerosos”…, tan imprecisos que dejan al lector igual que estaba. La neutralidad y la objetividad, que se tratan de ligar al uso de las pasivas o los impersonales —por no aceptar que esto no es más que una mala influencia del inglés— se pierden por las mil rendijas que presenta el discurso científico… Por eso, a mí me surge siempre la duda respecto a qué tipos de textos habrán utilizado exactamente quienes dictaminan que esas son las características del lenguaje científico; porque, en mi modesta opinión, no son pocos los textos que no dejan lugar a dudas de que sus características desde luego no son esas.
De entre ellos, quizá se lleven la palma las historias clínicas o los informes hospitalarios que, nos guste o no, se consideran textos científicos. Aunque, a lo peor, no debieran tenerse como tales, a la luz de las lindezas que contienen, más allá de las típicas siglas y acortamientos que los adornan y que los vuelven totalmente incomprensibles para el profano y a veces incluso para el que no lo es. Unas veces tales lindezas se producen por la utilización de una sintaxis inadecuada, que convierte en imposible lo que se expresa: «el bebé salió, se cortó el cordón umbilical y se le entregó al pediatra, que respiró y lloró de inmediato», sería un buen ejemplo. O el de aquella persona que «resbaló en el hielo y sus piernas fueron en direcciones opuestas a primeros de diciembre». No es menos sorprendente encontrarse con que «el paciente dejó el quirófano en buen estado», a pesar de que los encargados de recogerlo y limpiarlo «el quirófano, claro» se lo agradecieran muchísimo por haberles ahorrado el trabajo. En otras ocasiones, parece que el que escribe tiene problemas de vocabulario y no cae en la cuenta de que emplea voces contradictorias, que convierten en incoherente el mensaje: «el paciente presenta dolores de cabeza ocasionales, constantes, infrecuentes»; o «la piel estaba húmeda y seca», podrían ser buenos ejemplos.
Se suelen disculpar estas perlas por la rapidez con que se llevan a cabo las exploraciones y la taquigrafía con que se registran los datos que se encuentran en ellas o que cuentan los enfermos y familiares. Pero realmente hay cosas injustificables, que jamás consentiríamos en otros tipos de documentos científicos: ¿cómo justificar que «el paciente rechazara la autopsia»? El pobre todavía debe estar temblando de miedo… ¿Cómo es posible que haya un paciente que «no tiene historial de suicidios»? ¿Cuántas veces podrá uno suicidarse antes de morirse? Si nuestros médicos decimonónicos, que cultivaban con tanto mimo y esmero el género de la historia clínica levantaran la cabeza se quedarían petrificados…
Sin entrar a examinar ahora el tipo de práctica de la medicina que reflejan estos textos, sí podría ser hora de discutir sobre las supuestas características del lenguaje científico que con más frecuencia de lo que querríamos no son más que el resultado de nuestras convicciones apriorísticas: como a la ciencia la imaginamos con unas características —que tampoco está claro que tenga—, el lenguaje con que se expresa debe tenerlas también. Poco científico es, a mi entender, un planteamiento como ese.

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