jueves, 23 de febrero de 2012

Trujamanizar (Bertha Gutiérrez Rodilla)

 

Era digna de verse la cara que puso el otro día mi abuelita cuando el médico le dijo que era necesario “ambulatorizarla”. Ella lo primero que pensó es que iban a llamar a una ambulancia para llevársela a algún hospital, y no se cansaba de preguntar la razón de que la fueran a ingresar. El médico respondía que, por el contrario, como la hospitalización de los pacientes geriátricos resulta extremadamente costosa, hay que “ambulatorizar” su asistencia. Y mi abuela me miraba pálida y perpleja, esperando que yo le diera alguna explicación. Pero ¿cómo contarle que, gracias al inglés, tenemos la posibilidad de formar infinidad de verbos simplemente añadiéndole a cualquier palabra que se nos ponga por delante el sufijo -izar? No lo habría entendido. Por mucho que cada noche se aplique un medicamento “aerosolizado”, para ella los verbos serán siempre del tipo amar, reír, bailar, cantar, coser, mirar, ver, dormir, saber…; es decir, mucho más simples, en su fondo y en su forma.
Días después, cuando la estaban “ambulatorizando” en un “centro de día” que está cerca de casa, mientras yo leía en una revista médica lo bueno y lo malo que se deriva de “haploidizar” las células somáticas en reproducción asistida, una enfermera trataba de ponerle una inyección. Y como tenía serias dificultades para encontrarle una vena donde hacerlo, el médico, que observaba la escena, concluyó que los brazos de mi abuela se habían “rigidizado”. Eso sí que a mi abuela le pareció mal, como si fuera un insulto. ¿Cómo explicarle ahora que, además de lo del sufijo -izar del día anterior, el inglés nos ha hecho adquirir la costumbre de querer simplificarlo todo, acortarlo todo, buscar expresiones y palabras cortas y, por eso, tenemos una enfermedad parecida, pero distinta, a la del rey Midas de convertir en verbo todo lo que tocamos? ¿Cómo convencerla de que ella misma, en sus largas noches de insomnio, podría divertirse a placer inventando nuevos verbos: “calcetizar” (hacer calceta), “puntizar” (hacer punto), “partidizar” (jugar la partida), “revistizar” (leer una revista)…?
Me costó bastante hacer que entrara en razón y que bendijera conmigo la generosa lengua inglesa que nos ha dado la posibilidad de crear verbos tan fácilmente y nos ha inducido a simplificar tanto nuestro alambicado estilo cervantino. Lo que no le conté es que nuestro fervor ha llegado a tal punto que inventamos verbos de esta manera, no solo para aquellas acciones para las que no disponíamos de uno, sino también para aquellas otras en las que sí contábamos con él, como ocurre con señalar y “señalizar”, por ejemplo. O con inocular e “inoculizar”, que es lo que se empeña cada mañana en hacerle la enfermera a mi abuelita. Pero, eso sí, en este caso sin participación del inglés, pues curiosamente, en lo que nos dejamos la piel es en formar verbos más largos y complicados que los ya existentes.
Por eso, como mi abuela no estaba avisada, cuando al día siguiente el médico comprobó que sus brazos seguían “rigidizados” y decidió que le iba a “bautizar” unas pastillas (¡ojo! Porque el verbo con el que compite, “pautar”, también es de trujamán de guardia), mi abuela, que a su edad es un poquito dura de oído, pero conserva su mal genio de siempre, le contestó enseguida que qué se había pensado, que ella estaba bautizada desde que nació y que ésa era la última vez que la veían por allí.

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