lunes, 20 de febrero de 2012

Milonga sentimental (Bertha Gutiérrez Rodilla)

 

Ayer quedé para tomar café con un amigo que, además de ser médico, es algo pedante: tanto como para pedirse una “bebida de autor”, que es como se llaman ahora, por lo visto, los combinados. Me aburrió hasta la saciedad con los últimos “desarreglos”, “desórdenes” y “patologías” que han aparecido en el mercado y su forma de “debutar”; y más aún cuando me contó que cada vez le gustan más las revistas de “scooters” —ya saben, los ‘buscadores de tendencias’—; y no digamos nada, cuando trató de explicarme en qué consiste el sistema “blusoft” con el que están provistos sus zapatos… Me estaba quedando medio dormida cuando me bombardeó, metafóricamente hablando, “of course”, con los problemas que plantean la “ortorexia” y la “vigorexia” y con lo mucho que se ha avanzado en el campo de las “distracciones” óseas. Justo después se empeñó en que lo acompañara a la consulta para regalarme su último artículo.
Cuando llegamos allí, la enfermera discutía con una paciente enfadadísima, porque le habían recetado un medicamento con muchas “contradicciones”. Mi amigo puso cara de suficiencia, mientras la enfermera ocultaba una sonrisa condescendiente; yo, sin embargo, me maravillé de la agudeza de la designación, pues, desde luego, nada hay tan contradictorio como un medicamento que te arregla una cosa y te estropea el resto… Porque —seguía la señora—, ella era “hiperténsica” (¿por qué no puede uno ser “hiperténsico”, si los médicos son capaces de “hipotensionar” a la gente?); y, además, tenía mal las “trombetas” (¡qué bonita combinación entre trombocito y plaqueta, que son los dos nombres registrados que, hasta ahora, tenían estas células de la sangre!) En todo caso, prefería pastillas “fluorescentes” o, incluso, inyecciones “ultramusculares”, que los malditos “opositorios”.
Ya dentro de su despacho, mientras me enseñaba el “display” maravilloso de su nuevo ordenador y hacía una “rellamada” a no sé quién, mi amigo se reía abiertamente de la paciente, cuyo problema, según él, es que su cuerpo se había “grasificado” por no sé qué razones. Por fin, me tendió una separata de su último trabajo sobre los “disruptores” endocrinos… Me sentía yo tan horripilada por la jerga de mi amigo como fascinada por el extraño sentido de la lengua de aquella mujer y me preguntaba por qué no era ella la que se reía de él. Todavía sin respuesta, caí en la cuenta de que, gracias a nuestros excelentes sistemas educativos actuales pero, sobre todo, gracias a la altura cultural de nuestra televisión y de Internet, las personas como ella, con dificultades para entender los incomprensibles términos médicos, pero con un deseo inmenso de hacerlos sonar más cercanos, estarían a punto de extinguirse. En cambio, seguiría creciendo sin cesar el número de los que se empeñan en que las palabras suenen cada vez más lejanas…
Al parecer, mi amigo había decidido darme la puntilla explicándome que estaba “revisitando” la producción científica de no sé quién o, quizás, la suya propia. Y ahí es cuando decidí desconectarme del todo; porque, la verdad, puestos en ese plan, prefiero mil veces las revisitas mnésicas que el protagonista de Du côté de chez Swann le hacía a su tía Léonie tras tomar un trocito de madalena. Ignoro qué disruptores se activaron en mí la primera vez que leí ese precioso pasaje, porque siempre que un olor o un sabor me producen un “flashbacks” y me transportan a otras épocas de mi vida, se me viene a la cabeza igualmente la sentencia de Proust: cuando ya no queda nada, después de la muerte de los seres o de la destrucción de las cosas, todavía el olor y el sabor permanecen; dispuestos para que, en cualquier momento, algo los active e, imperceptiblemente, traiga a la memoria el edificio inmenso del pasado.
En esta calurosa noche de verano en que intento olvidarme de las tonterías de ayer, me voy a empapar del inconfundible sabor de este jamón de mi tierra y del olor del romero de mi jardín; por si algún día la globalización que se cierne acaba con todo, empezando por mi lengua. Para entonces, seguirán atesorados estos recuerdos en la trastienda de mi memoria esperando que una varita mágica los despierte de su letargo y me devuelvan otra vez el mundo que se fue.

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