viernes, 10 de febrero de 2012

Antiedad y antilongevidad (Bertha Gutiérrez Rodilla)

 

Desde luego, no es de ahora la introducción de neologismos en una lengua —en este caso, el español— que, a poco que se los analice con un mínimo de espíritu crítico, se revelan como términos o palabras con un significado absolutamente absurdo. Un tipo de neologismo que, aunque quizá siempre haya existido, seguramente nunca en la exagerada proporción en que nos los encontramos en la actualidad.
Uno de ellos es el famoso antiedad o anti-edad, que aparece acompañando a cremas, complementos, vacunas, dietas, sueros, tratamientos…, con alrededor de 2.500.000 resultados en Google. Puesto que el Diccionario académico define la palabra “edad” en su primera acepción como el ‘tiempo que ha vivido una persona o ciertos animales o vegetales’, ¿qué es exactamente lo que hacen por ti todos estos productos? ¿Ir en tu lugar al Registro Civil y lograr que el funcionario de turno cambie tu fecha de nacimiento en el Libro de Familia? ¿Es posible cambiarse la edad, como se pueden cambiar el nombre o los apellidos? ¿Es posible luchar contra la edad?
Evidentemente, no. O así lo creo yo. Quizá lo que puedan realizar tales productos sea ayudar a mitigar las huellas que el paso del tiempo va dejando sobre nosotros, sobre nuestro organismo, particularmente sobre nuestra piel. Esa, al menos, es la acción que parecen tener en inglés los famosos antiaging —que no antiage—: luchar contra los rastros que deja el envejecimiento. Antienvejecimiento, por tanto, es bastante más razonable como equivalente de antiaging, a pesar de que no sea perfecto, pues en esencia no se lucha contra el envejecimiento en sí, sino contra sus consecuencias. Pero al fin y al cabo es una forma de ver metafóricamente la realidad…
De todos modos, si lo anterior es llamativo, todavía lo es más el montón de cosas que existen o que se pueden hacer, según se comprueba en Internet, contra la longevidad: tratamientos, deporte, dieta, genes, herramientas, moléculas, factores… Si el lector cree que nos referimos a diferentes procedimientos para llevar a cabo una eutanasia activa, pasiva o perifrástica se equivoca: no estamos hablando de acortar la vida de las personas, aunque eso sería lo que cualquiera en su sano juicio pensaría, de acuerdo con la definición que el DRAE proporciona de “longevidad”: ‘largo vivir’. Sorprendentemente, se trata de todo lo contrario: de intentar alargar la vida de esas personas, de que su longevidad se prolongue. ¿Cabe mayor disparate que para eso pueda utilizarse el término antilongevidad?
Pues no me lo estoy inventando. Y si no, que se lo pregunten a esas personas —doctores y profesionales sanitarios nada menos— que se presentan a sí mismos en la red como miembros de la Sociedad Española de Medicina anti Longevidad (escrito así exactamente). Dado que la práctica de la eutanasia es tan controvertida y le puede llevar a uno hasta la cárcel, la verdad es que yo me lo pensaría dos veces antes de escribir semejante cosa en mi tarjeta de presentación.

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