lunes, 9 de enero de 2012

Otros palabros (I): Descambiar


Verbo llamado a ser uno de los más utilizados en estos días de vorágine consumista navideño-rebajera, con permiso de reyes de las ondas como “crisis”, “reforma”, “recorte”, “Messi”, “Mourinho”, “Ronaldo” y demás.
Según el DRAE (que recoge el término desde 1843 como sinónimo de “destrocar”) y el DPD se trata de ‘deshacer un cambio o trueque’, si bien también consideran válido su uso, frecuente en la lengua coloquial de España, con el sentido de ‘devolver una compra’, ya que se trata de deshacer un cambio previo realizado en el momento de la adquisición, al entregar dinero a cambio del artículo. Asimismo, en el habla popular de algunos países americanos, y en algunas hablas dialectales de España, se usa también con el sentido de ‘cambiar billetes o monedas grandes por dinero menudo, o viceversa’, aunque en el español habitual se emplea, en este caso, el verbo “cambiar”.
Sin embargo, de la misma explicación del DPD relativa a “deshacer un cambio previo realizado en el momento de la adquisición, al entregar dinero a cambio del artículo” se deduce que “descambiar” debería aplicarse solo a la ocasión en la que nos devuelven el dinero, mientras que la mera devolución de un producto a cambio de otro requiere la utilización simplemente de los verbos “cambiar” o “devolver”.
Como indica Benjamín Prado en un artículo de El País titulado “La hora de descambiar, que le dicen”, este verbo va por la selva del diccionario en dirección contraria al del resto de los de su especie. Por qué “descambiar” significa ‘cambiar una cosa’, si, por ejemplo, “deshacer” es lo contrario de “hacer”; o “desandar” es ‘volver atrás en el camino’; o “desmentir” es ‘negar un embuste’, etcétera? La Real Academia Española le ha abierto a este bicho adulterado el corral de la ortografía, para que entre y se sienta uno más, como hace con tantas palabras horribles, incorrectas y malformadas cuyo pasaporte es el del habla común y cuyo único argumento es que lo dice todo el mundo. Lo que equivale a reconocer que un error gramatical que cometan muchas personas durante mucho tiempo se convierte en una parte legítima del idioma, lo cual es tan raro como lo sería eliminar las raíces cuadradas o los logaritmos de las matemáticas porque la mayor parte de nosotros no sabe hacerlos o, a partir de cierta edad, ya no recuerda cómo demonios se hacían.

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