martes, 25 de octubre de 2011

Hándicap


El inglés “handicap” (/'hændɪkæp/) significa “desventaja”, “obstáculo”, “inconveniente”, “impedimento”, “estorbo”, “discapacidad”, “minusvalía” como sustantivo y “perjudicar”, “establecer un obstáculo para” como verbo. A quien no le guste esta variedad de palabras, las cuales ofrecen diferentes denotaciones y connotaciones (no es lo mismo “desventaja” que “minusvalía”, por ejemplo), puede dejar descansar a su cerebro y simplificar todo con el palabro “hándicap”, sobre todo si se es practicante de una actividad tan apasionante como el golf donde, irónicamente, es muy importante tener un buen “handicap” (‘número de golpes adjudicados antes de empezar a jugar’). Para rizar más el rizo, también se han inventado el verbo “handicapar” (“perjudicar”, “suponer una desventaja”, “discapacitar”) y el adjetivo “handicapado” para referirse a la persona que sufre una discapacidad o minusvalía (“discapacitado”, “minusválido”).
El origen de la palabra está en el término “hand-in-cap” (literalmente, “mano en la gorra”), que designaba un juego en el que lo que se disputaba o intercambiaba se ponía en una gorra, tan antiguo al menos como el poema medieval inglés de William Langland Pedro el labrador (Piers Plowman). No adquirió su sentido moderno de ‘desventaja o circunstancia desfavorable’ hasta comienzos del siglo XX.
En estos tiempos de eufemismos histéricos (perdón, términos políticamente correctos), y debido en parte a un desconocimiento de la lengua y la etimología, ya no hay “minusválidos” (que no tiene nada que ver con “tener menos valor”, sino con “poder valerse menos por uno mismo”), sino “discapacitados” o “personas con discapacidad” (es decir, “sin capacidad” —concepto para el cual en inglés se suele utilizar “disabled” /dɪsˈeɪbld/, no “handicapped” /ˈhændɪkæpt/—, con lo que el eufemismo es totalmente fallido, si bien se trata de los términos aceptados internacionalmente para quienes tienen ‘déficits, limitaciones en la actividad y restricciones en la participación’ —RD 1856/2009, de 4 de diciembre— y de uso obligado en los textos normativos en España desde el 1 de enero de 2007) o el enrevesado y rimbombante “personas de capacidades diversas”; los “ciegos” son “invidentes” (también “no vidente”, por ejemplo en Argentina); los “sordos”, “personas impedidas de audición”; los “gordos”, “fuertes”; los “pacientes” o “enfermos”, “usuarios” o “clientes”; los “enanos”, “personas bajitas”; y los “niños”, como en la famosa tira de Mafalda, “seres humanos en vías de desarrollo”.
Como suele ser habitual en estos casos, a quienes abusan de estas perífrasis y circunloquios se les termina viendo el plumero y nos regalan joyitas como esta del 18 de julio de 2016 en Radio 5: «Al igual que entran hombres y mujeres para una oferta de trabajo, deberían entrar “discapacitados”», lo cual no es de extrañar cuando personas que creen estar luchando por la inclusión de los minusválidos propugnan el uso de términos como “personas con discapacidad” (repito: esto quiere decir “personas sin capacidad”) en contraposición a “personas convencionales”.

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