viernes, 11 de agosto de 2017

Puta RAE kakakulopedopis

Penúltima reflexión sobre el iros-gate.

El pasado 16 de julio, el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte, miembro de la RAE desde 2003, adelantó extraoficialmente en la red social Twitter, en respuesta a una consulta de otro usuario, que dentro de unos meses la Real Academia registrará «iros» como variante del imperativo pronominal de la segunda persona del plural del verbo «ir», cuando hasta ahora sólo se consideraba correcta la forma «idos» (imperativo del verbo «ir» más el enclítico «-os»). El director de la Academia Darío Villanueva lo confirmaba poco después, a falta de completar el proceso en las academias americanas. Como explicó más tarde el también académico Félix de Azúa, la idea partió del propio Pérez-Reverte junto con otros novelistas, pues «Nadie escribiría “idos a la mierda”, sino “iros a la mierda”».


La validez de este rotacismo (la conversión en consonante rótica /r/ de un fonema que no lo es, como la «-d» en este caso, para facilitar una pronunciación más cómoda o relajada) llega algo tarde, pues la mayoría de los hablantes peninsulares ya se habían decantado espontáneamente por la opción «iros» desde hace tiempo. Y digo «hablantes peninsulares» porque la única variedad del español que diferencia entre «ustedes» y «vosotros» en la conjugación es la peninsular (y no en todo el territorio, puesto que la «-d» final se aspira o no se pronuncia en gran parte de España, sobre todo la meridional), lo que corresponde aproximadamente al 5 % de los hispanohablantes, y es ajena al resto (Canarias y América), donde dicha persona gramatical, tanto en el uso de confianza como en el de cortesía, es «ustedes», por lo que en lugar de «idos» se utiliza «váyanse» o «vayasen».

Y la cosa se complica todavía más en Andalucía, (como si el ínclito Huan Porrah no la hubiera complicado lo suficiente con su traducción de Er Prinzipito), ya que en la zona occidental utilizan «ustedes» en el registro informal, pero se conjuga tanto en la tercera persona del plural («¿Ustedes a qué hora se “van”?») como en la segunda, como si estuvieran diciendo «vosotros» («¿Ustedes a qué hora os “vais”?»).


Como la lengua no es cuestión de mayorías y las disyuntivas gramaticales no se pueden dirimir de manera asamblearia, por mucho que se empeñen algunos, fue cuestión de segundos que los tuiteros y blogueros (sobre todo los peninsulares) blandieran sus navajas para retarse a un duelo del que todavía quedan rescoldos, como es habitual cada vez que la RAE se pronuncia sobre cualquier materia de su incumbencia.


A un lado, quienes consideran que no todo vale cuando impide una comunicación efectiva o contradice la norma culta, la etimología o la elegancia. Por desdicha, muchos olvidan o desconocen que la RAE, si bien más tarde que temprano (a la espera de ver si un uso determinado realmente arraiga o si se trata de una moda pasajera), suele dar por válido lo que adquiere un uso general, y que su Diccionario hace tiempo que dejó de ejercer la (¿antipática?) función normativa que algunos se obstinan con añoranza en continuar otorgándole. También están quienes esgrimen argumentos incontestables como el de la «almóndiga» o el de la «cocreta» (cuya supuesta inclusión en el DLE es uno de los temas recurrentes para atacar a la RAE o a quien se ponga por delante), e incluso, perdiendo de vista la etimología (y la metátesis), el del «crocodilo» o el del «murciégalo». Esos «almóndiga» y «murciégalo», junto con «toballa» y «asín», son útiles para discernir entre quienes saben utilizar un diccionario (es decir, quienes se fijan en las marcas «desus.» —«desusado»— o «vulg.» —«vulgar»—) y quienes se limitan a afirmar rotundamente que la palabra «existe» o que «está en la Real Academia “de la lengua”». Y es que, pese a la extendida idea de que lo que se incluye en el DLE es ley, no todas las más de 90 000 palabras que recoge son «adecuadas».


En el otro bando (y digo «bando» porque leo palabras como «bandera», «enfrentamiento», «batalla», «guerracivilismo» o «las dos Españas» en sus escritos), los «punkis» [sic] de la gramática; los «terroristas» [sic] lingüísticos a quienes no les importa «un pedo» ni «un cagao» que los «putos señores» de la RAE acepten «movidas», porque han «atendido “lo suficiente” en la carrera» (mejor les habría ido si no se hubiesen conformado con el suficiente… y si hubieran atendido algo en aritmética —o tragaran menos fúmbol—, para no quedar en evidencia con expresiones como «minuto 0»); rebeldes y revolucionarios [sic] que «estudian “cosas de la lengua” con corrientes más actuales y más acercadas a “lo que viene siendo” [sic] la ciencia de la lengua»; «piratas» [sic] que publican comunicados oficiales de la RAE; y otros acólitos defensores de la teoría (perdón, certeza irrefutable) de la evolución natural de la lengua (como si además de evolucionar no pudiera también involucionar o degenerar). Todos ellos «flipan to locos» ante «la posición maximalista y ultraconservadora de los guardianes de las esencias puras». Llama la atención que hagan gala de su mala ortografía, gramática y sintaxis, y presuman por ello de «transgresores» (punkis, terroristas, piratas…), probablemente como forma torpe de ocultar sus carencias.

Conviene precisar que, por mucho que se empeñe alguna lingüista «canalla» un poco pez en lexicografía, ni «idos» ni «iros» aparecen ni aparecerán en el diccionario académico, que sólo registra los verbos por su forma de infinitivo (es decir, «ir»), no las combinaciones de formas verbales con pronombres, ni tampoco en el cuadro de conjugación correspondiente, ya que esos cuadros no registran las formas verbales con pronombres enclíticos. Sí registra, irónicamente, el adjetivo «ido» (Dicho de una persona: Que está falta de juicio), lo cual también ha contribuido al uso mayoritario de «iros», puesto que el hablante tiende a evitar la homonimia. Y parece ser que en breve también recogerá «postureo» (‘Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción’), que viene muy al caso para describir a esos lingüistas «mondos y lirondos».


Paradójicamente, como se puede comprobar en sus textos, los argumentos más groseros e iracundos partieron de estos «lingüistas serios», que finalmente optaron por cerrar filas mofándose de cualquiera que discrepara, con lindezas como «purista», «tradicionalista», «lego», «clasista», «nostálgico recalcitrante» o simplemente «“unx” gilipollas», e imaginativos motes como «El Último Macho Ibérico» o «fanboy [con síndrome de Estocolmo lingüístico]» (variedad que entrará sin duda en la próxima edición del DSM para regocijo de las compañías farmacéuticas y los troles de patentes, que podrán sacar nuevas pastillitas).

Me recuerdan a la famosa escena de El indomable Will Hunting en la que éste le canta las cuarenta a un estudiante de Harvard que, intentando impresionar a unas compañeras, recita de memoria un fragmento del historiador Pete Garrison. El bueno de Will le advierte de que en poco tiempo le dirán que tiene que creer en en James Lemon, después en Gordon Wood… Si cambiamos Historia por Lingüística y Harvard por la universidad española post-LOGSE (sí, ya sé que es mucho imaginar), también podemos cambiar Pete Garrison por Noam Chomsky, James Lemon por Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf, y Gordon Wood por John Hamilton McWhorter (por ejemplo). Facilita mucho las cosas y simplifica mucho la vida que alguien te diga en qué o en quién tienes que creer; después basta con acodarse en la barra del bar, ponerse un palillo en la boca y repetirlo como un papagayo.


Para quien no considere necesario permanecer siempre ofendido y desee leer una explicación más cabal y coherente, recomiendo el oportuno artículo de Juan Romeu en Sin Faltas, sobre todo su punto 10: «Hay que tener en cuenta que la RAE está formada por profesionales de la lengua que llevan más tiempo que nosotros dándole vueltas a los problemas del español. Antes de contradecir lo que proponen, sería necesario leer más, conocer mejor la gramática y, sobre todo, ser lo suficientemente inteligentes como para pensárselo dos veces antes de opinar públicamente de lo que no se sabe, por mucho que, como usuarios de la lengua, creamos que sabemos tanto como los lingüistas. Como en todo, hay unos que son más expertos que otros en determinados asuntos y lo normal, educado, prudente y cívico es, como poco, respetar la opinión de estos expertos».

Para el académico Luis Mateo Díez, «esta proliferación de opiniones significa que la gente se preocupa por la lengua». Sin embargo, como escribía Francisco Ríos en La Voz de Galicia, «Qué pena que no se aprovechen más estos espacios públicos para el debate sereno, donde se aporten argumentos y reflexiones. Claro que para eso hay que tener opiniones fundadas y razonamientos sólidos».


Lo que está claro, como dijo la lexicógrafa Erin McKean en su charla TED en 2014, es que «Todos los que hablan una lengua deciden juntos lo que es una palabra y lo que no; cada lengua es simplemente un grupo de personas que se ponen de acuerdo para entenderse mutuamente». Y son esas mismas personas quienes, como comunidad de hablantes, establecen de manera natural un acuerdo básico para entenderse, unas normas de convivencia lingüística cuyo aprendizaje requiere un esfuerzo pero que convierten a la lengua en un instrumento válido de comunicación. Ese «acuerdo básico», que también podemos denominar «norma» o «reglas», es tan nuestro, de cada hablante, como de la RAE o cualquier otra institución con papel orientador. Así, pretender asimilar como «evolución» o «uso mayoritario» lo que no es sino comodidad o desinterés no enriquece el idioma, sino que lo envilece. Simplificar ese «acuerdo básico» es justamente la tendencia de los últimos años de nuestro sistema educativo: bajar el listón, igualar por abajo, tratar al ciudadano como si fuera idiota, halagar al hablante poco escrupuloso. Si seguimos con esta tendencia, llegará un día en el que, cuando consultemos alguna duda a @RAEconsultas o @Fundeu nos respondan con un «ola k ase pa k kieres saver eso jajaja besis».

En un infructuoso intento de calmar los ánimos, al día siguiente del tuit de Arturo Pérez-Reverte la Academia difundió una nota en la que se situaba en un terreno intermedio (es decir, de todos o de nadie, según el sentido común y la amplitud de miras de cada uno): la norma culta, aclaraba, sigue prefiriendo «idos», pero puede darse como válida la opción «iros», extendida incluso entre hablantes cultos, ya que para muchos suena artificial y hasta violenta. No obstante, no hay que confundir el «iros» imperativo con el infinitivo, ya que éste siempre ha sido correcto y no se puede sustituir por «idos» (por ejemplo, en perífrasis de infinitivo como «Podéis “iros” todos al infierno» o «Teneis que “iros” ahora mismo» —véase cómo en este caso podemos decir «“Os” tenéis que “ir”», pero «“Os” tenéis que “id”» no sería coherente—). Además, el imperativo pronominal «iros» es una excepción que no debe extenderse ni al imperativo «id» (en este caso no hay ninguna razón para cambiar la «-d» por la «-r») ni a otros verbos, con lo que formaciones como «callaros», «marcharos» o «sentaros» siguen considerándose vulgares, mientras que lo aceptable sigue siendo «callaos», «marchaos» o «sentaos», ya que las formas de imperativo de la segunda persona del plural correspondientes al pronombre «vosotros» pierden la «-d» final cuando se añade el pronombre enclítico «-os» (amad > amaos, comed > comeos, venid > veníos). Estos hiatos (a-o, e-o, i-o) implican una cierta incomodidad articulatoria para los hispanohablantes, lo que favorece, al menos en ciertos registros, la aparición de una consonante «antihiática» que normalmente es la «r», y no por casualidad, sino por ser precisamente la terminación del infinitivo), con la excepción del verbo «ir», que debido al escaso cuerpo fónico de la arcaica forma esperable «íos» mantiene la «d» de «id», dando lugar a la forma «idos» (aunque la lengua funciona en gran medida por analogías, con lo que probablemente el vulgarismo —¿o simplemente «coloquial» o «informal»?— «iros» terminará por contagiar a todo el paradigma).


La propia RAE viene insistiendo desde hace mucho en que «El Diccionario no autoriza el uso de las palabras, sino que lo refleja». En el caso de «iros», su uso está sumamente extendido en la lengua coloquial de España y la Nueva gramática de la lengua española (2009) ya lo recogía en § 4.13i, del mismo modo que atestiguaba el de «irse» en ciertas variantes de la lengua popular peninsular, dando a entender que no censuraba ninguna de las dos, pese a no estar bien formadas gramaticalmente (la forma pronominal correspondiente a la segunda persona del plural es «os»; por tanto, ni «se» ni mucho menos «sus» —«irsus»— o «sen» —«irsen»— son formas correctas, como tampoco lo es «veros», que es otro verbo diferente). Como indicaba días después Pedro Álvarez de Miranda, «Lo que la Academia señalaba al respecto tanto en la Nueva gramática de la lengua española como en el Diccionario panhispánico de dudas era tan exacto y razonable que no requería modificación alguna. Su aparición en un mensaje no depende del nivel de lengua (que viene dado por la posición sociocultural del hablante), sino del nivel de habla o registro (que depende de la situación comunicativa); un escritor que quiera reflejar el idioma real por boca de sus personajes o por la propia no necesita que nadie le dé “permiso” para hacerlo».

Lo que hace tan confuso a este verbo en apariencia tan pequeñito (amén de su etimología, mezcla de varios verbos latinos: algunas formas vienen del verbo «ire», otras de «vadere» y otras de «esse») es precisamente su brevedad (o «escaso cuerpo fónico»). La lengua española no tolera que una palabra léxica (sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio) experimente tal reducción de su sustancia fónica que llegue a consistir en una simple vocal (en la forma «íos» el verbo propiamente dicho queda reducido a la vocal tónica «í»), lo cual provocó la aparición de esa consonante epentética «d» que, pese a venir recuperada del propio imperativo, se desviaba del paradigma de los imperativos y resultaba forzada, extraña o cursi, por lo que el hecho de cambiar esa «d» por una «r», también epentética, no tiene nada de excepcional, sobre todo si tenemos en cuenta que, para muchos, esa «r» establece más rotundidad en el imperativo.


Donde quizás la RAE no esté teniendo visión de futuro es en su intento de que el imperativo pronominal «iros» se quede en una mera excepción a las reglas de flexión verbal sin extenderse ni al imperativo «id» ni a otros verbos. Por mucho que queramos mirar hacia otro lado, es un hecho que las formas de imperativo se van cambiando por las de infinitivo, ya que pocos hablantes se toman la molestia de pronunciar esa «-d» final y muchos la sustituyen por la «-r», más familiar y fácil de articular (incluso por escrito, como los «ser felices» y «ser malos» de Pedro Sánchez, aunque el mundo de la política, por lo menos la española, no suele ser muy buen ejemplo). Además, el infinitivo sirve muchas veces para dar instrucciones, es decir, para algo muy parecido a lo que se pretende con el imperativo, que es dar órdenes; por eso en las puertas se lee «Empujar» y «Tirar» (o «Jalar»); y también tenemos el uso del infinitivo con valor de imperativo cuando va precedido por la preposición «a» («a correr», «a dormir», «a callar»). Está claro, pues, que la «-d» final del imperativo está condenada a desaparecer; queda por ver si será sustituida por la «-r» o si simplemente desaparecerá, como en el voseo rioplatense («vení», «tené», «comprá») que, por cierto, también reconoce la Academia.

Y donde es innegable que la RAE está haciendo una labor encomiable en pro de la lengua es en el mantenimiento de todo el material y utilísimas herramientas en línea a disposición de quien los quiera consultar. Un buen ejemplo es el Corpus del Español del Siglo XXI, que registra cada año 25 millones de formas (no palabras), provenientes en un 70 % de Latinoamérica y en un 30 % de España. La Academia analiza sus decisiones a través de esta base de datos, con lo que se asegura que estén ancladas a la realidad de la lengua en mucho mayor medida que el Ngram Viewer de Google Books y, por supuesto, que estadísticas de aprendiz extraídas de Twitter. Cuando en la RAE debaten sobre cualquier cuestión echan mano de esta base de datos, que ya tiene casi 300 millones de formas, con procedencia oral (radio, televisión, música) y escrita (literatura, medicina, política), junto con datos de dónde se ha usado cada una y cuántas veces. Así, los debates tienen un fundamento sólido. En su empeño por mantener la frescura de la lengua, la RAE elimina términos en desuso desde el siglo XV e incorpora nuevas palabras, que han de reposar al menos siete años como garantía para evitar las expresiones pasajeras. Por algo decía Gabriel García Márquez, pionero en la corriente a favor de simplificar la ortografía y la gramática, que «Todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado».

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