martes, 16 de mayo de 2017

La corrección de textos: qué es y para qué sirve (II)



María-Fernanda Poblet inició su experiencia laboral en el mundo de la edición, hace más de quince años, en Ediciones Trea, donde fue correctora, redactora y editora. Desde 1999 trabaja por cuenta propia bajo el sello comercial Palabra sobre Palabra y se dedica fundamentalmente a la corrección ortotipográfica y de estilo, aunque ella se define como una profesional altamente especializada en lo que denomina la corrección todoterreno. Se licenció en Filosofía (Universidad de Oviedo), pero la enorgullece más considerarse discípula de José Martínez de Sousa, con quien ha colaborado en la corrección y revisión de varios de sus libros.

«[…] si pagan tarifas de aficionado, obtendrán una corrección de aficionado. ¿O esperan que por el precio de un tetrabrik de Don Simón les vendan una botella de Vega Sicilia?»

Así terminaba mi artículo en el anterior número de La Linterna del Traductor. Tras su publicación, me prometí que intentaría ser más optimista en la segunda entrega, pero me temo que el tiempo (de crisis) que nos toca vivir no ayuda. No solo se nos pide que vendamos Vega Sicilia al precio de Don Simón, sino que, de paso, regalemos un buen jamón ibérico para acompañarlo. La crisis, por supuesto, no afecta solo a los correctores, pero sí hay un factor añadido en este caso que no debe perderse de vista: la corrección se considera prescindible, se convierte en una especie de lujo, casi en un capricho. Si esto sucede, se debe a que el trabajo del corrector no se valora, y empleo aquí la segunda acepción que del verbo valorar proporciona el DRAE: ‘reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o de algo’. A la corrección, hoy en día, no se le reconoce ni estima ni aprecia valor o mérito de ningún tipo en la mayor parte de los casos.

Es lógico que, como correctora, esta situación me preocupe, pero considero que no debería preocuparnos solo a quienes vivimos de esta profesión. Despreciar la corrección no es más que un nuevo indicio de desprecio por la buena escritura. Los mostradores de las librerías siguen llenándose a diario de novedades, pero ¿de cuántas de ellas podemos decir algo tan aparentemente simple como que «están bien escritas»? La teoría que sostiene este despropósito es que no importa la forma, que lo que venden son los nombres (de algunos autores, se entiende), el entretenimiento… Incluso aceptando esto último, ¿tan difícil resulta darse cuenta de que es mucho más agradable y placentero leer un libro bien escrito y cuidado en todos sus detalles que esos productos chapuceros que se fabrican como churros?

Los correctores, y todos cuantos estamos interesados en que nuestro idioma no se maltrate indecentemente, tenemos en la actualidad una misión casi imposible: demostrar que un texto cuidado estilística, ortográfica y tipográficamente tiene un valor añadido (casi diría que, simplemente, tiene valor, mientras que el resto no lo tiene, pero me acusarían de exquisita…).

Para conseguir algún avance en esta misión, quizá debamos comenzar por explicar, una vez más, que ese trabajo «no lo hace el Word». Ni Word ni ningún corrector automático puede sustituir a un corrector humano en todas las tareas que lleva a cabo, y merece la pena detenerse algo en este punto.

Hay distintos tipos de corrección —y, por tanto, de correctores—, aunque desde hace algunos años, por desgracia, se observa cierta tendencia a la desaparición de algunos de ellos o a la fusión de unos con otros, por lo que se está creando un nuevo tipo de corrector: el todoterreno. (Como imaginarán, esta tendencia está estrechamente relacionada con lo que comenté al principio: se busca que un solo especialista haga lo que antes hacían varios, pero, cómo no, por el mismo precio.)

Uno de los tipos de corrección que ya puede considerarse casi una especie extinta es la corrección de concepto, especialmente útil en libros muy técnicos, pero necesaria en cualquier texto. En principio, la corrección de concepto solían correr a cargo de especialistas en la materia de la que tratara la obra en cuestión: a ellos correspondía, por ejemplo, comprobar que el vocabulario técnico que se manejaba fuera el correcto, pero también que no hubiera, por decirlo coloquialmente, «meteduras de pata» en las explicaciones que se daban. Sin embargo, no hace falta acudir a tanta especialización para darse cuenta de la necesidad de este tipo de corrección.

Veamos algunos ejemplos (advertencia: todos los ejemplos que se citan en este artículo son reales): en una novela, al referirse al mes de noviembre, se dice que este forma parte del invierno; en un libro de botánica, se habla de los pétalos de una planta cuando en realidad se trata de sépalos; en un libro de historia se atribuye la muerte de Howard Carter a la famosa maldición de los faraones (si fue así, la maldición le llegó con retraso: descubrió la tumba en 1922 y falleció en 1939)…

Ninguna de estas correcciones tiene que ver con el estilo, con la ortografía o con la tipografía, pero alguien debe hacerlas. Como el corrector de concepto brilla por su ausencia, suele ser el corrector de estilo quien termina señalándolas, pero, ¿debe hacerlo? Desde luego, les aseguro que no le van a pagar un céntimo más por ello, pero entramos en el escurridizo asunto de la ética profesional.

Les entregan la traducción de un interesante libro de viajes del siglo xix. El original está en inglés, y sus conocimientos de este idioma son los justos para apañárselas, es decir, los suficientes para poder recurrir al original cuando una frase «rasca» más de la cuenta en español. La traducción, todo hay que decirlo, no es de un profesional, sino de una voluntariosa estudiante de filología inglesa a quien un familiar le encargó el trabajo (total, como saben los traductores, con un diccionario al lado cualquiera traduce…, ¿verdad?). Comienzan a ser más de las debidas las frases que ya no solo «rascan», sino que hieren la vista. Tras varias consultas al original en inglés, solo quedan dos explicaciones posibles: o los diccionarios de inglés mienten o la estudiante de filología inglesa tiene una gran imaginación. Por supuesto, doy por buena la primera explicación y recurro a alguien que sí tiene los conocimientos que a mí me faltan. La explicación correcta era la segunda: la voluntariosa estudiante resultó ser propietaria de una imaginación desbordante, hasta el punto de que en muchos casos la traducción daba a entender exactamente lo contrario de lo que se decía en el original. Horas de trabajo tiradas a la basura…

Esa ética de la que hablaba deberían tenerla también los autores a quienes encargan un libro (sí, los libros se encargan también), pero no siempre es así, y la disculpa de que el trabajo está mal pagado no me sirve. Si se acepta el trabajo, se acepta para hacerlo del mejor modo posible. (¿Idealismo y falta de espíritu práctico de nuevo? Supongo que sí.) Para ilustrar la falta de ética en cuestión, daré un último ejemplo, de nuevo tristemente real: una corrección «todoterreno» de un libro de texto sobre economía. (Comprenderán ahora por qué los correctores terminamos adquiriendo una cultura general estupenda para jugar al trivial.) No solo hay que consultar los términos específicamente económicos que aparecen a lo largo del texto, sino también los nombres propios de distintos teóricos de la economía. Google es un buen modo de empezar la búsqueda, aunque nunca deberíamos tomarnos al pie de la letra, ni muchísimo menos, lo que por allí pueda aparecer. En este caso no solo encontré el nombre que buscaba: ¡apareció el capítulo entero! Unas búsquedas más, y pude comprobar que varios de los capítulos del libro que estaba corrigiendo habían sido plagiados, con sus comas, sus puntos, su tipo de letra, sus tipos de párrafo, ¡y hasta sus erratas!, de distintas páginas web. El editor tuvo, evidentemente, que encargar de nuevo esos capítulos a alguien con más escrúpulos que el autor anterior. ¿Corresponde ese trabajo al corrector? No. ¿Van a pagarle más por ello? No. Entonces, ¿por qué lo hace? Algunos contestarán, sin duda, que por estupidez, y es posible que algo de eso haya. Yo prefiero pensar que por una cuestión de ética, pero está claro que la ética tampoco es un valor en alza… y no cotiza, ni en bolsa ni en el bolsillo.

¿Quién se ocupa de encontrar estas joyas si no hay ni siquiera un corrector que se lea el original? Les respondo: en la mayoría de los casos, nadie. Aunque pueda sonar increíble, un buen número de los libros que nos encontramos a la venta no han sido leídos, no al menos totalmente, antes de publicarse. Si se ha encargado una corrección, con suerte habrá al menos dos personas que conozcan el libro a fondo: el autor y el corrector. Si algún día se aburren, pueden hacer ustedes mismos una pequeña comprobación: lean las presentaciones, prólogos o textos de contracubierta de algunos de los libros que tengan a mano. Si ustedes han leído ya esos libros, comprobarán que en más de un caso quien escribió esos textos no hizo sus deberes, y de ahí que, especialmente en las contracubiertas, siempre se diga lo mismo: «ameno a la par que riguroso…», «esta obra viene a llenar un hueco que…», «dirigido tanto a los especialistas como al público en general…», «unos contenidos expuestos con sencillez…». Alguna que otra vez, lo confieso, he tenido que redactar esos malditos textos, y siempre recordaba a Homero: tantos siglos después, seguimos empleando el mismo sistema.

¿Siguen creyendo que el corrector de concepto es prescindible? Aquí he puesto algunos ejemplos (la lista es larga) que, espero, pueden hacerles pensar antes de responder a esa pregunta. La segunda pregunta, y con la que ya cierro, nos incumbe, de nuevo, a todos los que compartimos la pasión por la lectura: ¿hasta cuándo seguiremos pagando por productos defectuosos como si fueran buenos? Si ustedes van a comprarse unos pantalones y, al llegar a casa, descubren que están rotos, seguro que volverán a la tienda y pedirán que se los cambien por unos que no tengan ese defecto o, en su caso, les devuelvan el dinero que pagaron. ¿Por qué no se nos ocurre hacer lo mismo con los libros? ¿Acaso los errores y las erratas no son una tara? ¿Por qué nos obligan a quedarnos con un libro mal hecho? ¿Por qué no nos lo cambian también por uno que esté bien hecho o, al menos, nos devuelven el dinero que hemos pagado por él? ¿Por qué no empezamos, de una vez, a pedir aquello a lo que tenemos derecho? Quizá si las editoriales empezaran a recibir quejas por sus productos (se llaman libros), también comenzarían a darse cuenta de que tienen que cuidarlos antes de sacarlos a la venta.

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