viernes, 13 de enero de 2017

CAPTCHA (/ˈkæpˌtʃə/)


Esa serie de caracteres, en ocasiones distorsionados, que se muestran en pantalla cuando queremos registrarnos en algún servicio o dejar un comentario en alguna página de internet tienen su origen en una prueba que propuso Alan Turing en 1950 para demostrar que la inteligencia de una máquina podría simular la de un humano. Es el acrónimo en inglés de “Completely Automated Public Turing test to tell Computers and Humans Apart” (“prueba de Turing completamente automática y pública para diferenciar ordenadores de humanos”), acuñado en el año 2000 por Luis von Ahn, Manuel Blum y Nicholas J. Hopper de la universidad Carnegie Mellon.
En teoría, sólo un ser humano (nunca una máquina) puede interpretar esos caracteres, normalmente incluidos en una imagen para que su reconocimiento deba ser visual (o auditivo, cuando se presenta dicha opción). No obstante, dado que la prueba parte de un ordenador, al contrario que la prueba de Turing, donde el interrogador es un ser humano, este tipo de pruebas se conoce también como “test de Turing inverso”.
Se viene utilizando en internet desde el año 2003 para evitar que los robots virtuales puedan acceder a cuentas de otras personas probando contraseñas diferentes o rellenen formularios de manera automática (encuestas, registros…) Más adelante, Google desarrolló el sistema “reCAPTCHA” que, por medio de líneas, colores, textos ondulados, etc. (e incluso mostrando pruebas más complejas en caso de que el comportamiento del usuario sea sospechoso) evitan que los sistemas de OCR (reconocimiento óptico de caracteres, del inglés “Optical Character Recognition”) puedan descifrar el “CAPTCHA” y engañar a la página.

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