miércoles, 16 de abril de 2014

Fact-checking (/fæktˈtʃekɪŋ/)


Expresión inglesa para la que en español disponemos de una alternativa perfectamente válida y equivalente, como es “verificación [de datos/informaciones]” (‘parte de la actividad periodística que consiste en comprobar si las declaraciones realizadas por alguien, especialmente un político, son verdaderas, falsas o imprecisas’).
Lo mismo sería aplicable a la figura del “fact-checker” o “verificador”, que se ocupa de comprobar la exactitud de lo que se publica en periódicos y revistas (incluso las fuentes y las afirmaciones de los entrevistados) para cerciorarse de que lo que llega al quiosco tiene un respaldo documental, evitar litigios judiciales y salvaguardar el prestigio de la publicación.
El paradigma de esta labor periodística, que forma parte (o al menos debería) del sistema de trabajo habitual de un medio de comunicación, es la revista The New Yorker, cuyo mítico departamento de verificación de datos cuenta con 16 personas, un número muy superior al de otras publicaciones. En palabras del escritor James Thurber, «The New Yorker tiene un sistema de verificación tan endemoniado que nunca publicaría un artículo sobre el Empire State Building sin llamar antes para comprobar que sigue allí». En ocasiones llegan a tal extremo que incluso se pasan de la raya, como relata Andy Young: «Una vez, verifiqué un poema que describía una laguna en Puerto Rico que estaba iluminada por la luz de ciertos animales fosforescentes. No me acuerdo cómo se llamaban, pero descubrí en mis investigaciones que el poeta no sabía nada de estos animales ni tampoco de cómo producían su fosforescencia. Desgraciadamente eliminaron el poema; era bueno, pero la falta de un sentido básico de la ciencia lo sacó de la revista.»

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