miércoles, 29 de enero de 2014

¿Pero qué demonios dice aquí?



La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha marcado una de las fases más importantes de la historia de las comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían (y provienen) de los EE. UU., la traducción surgió como un intermediario indispensable entre los distintos países, entre las diversas culturas.
Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso de «¡Déjame sólo!» (Leave me alone), cuando en nuestro idioma siempre se había dicho «¡Déjame en paz!».
Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios, pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje, e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos. Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos, pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que había salido a tomar un helado a las siete de la tarde. Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos. Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos, «¿dónde demonios has estado?»? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos «¡diablos!» al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo. Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se suceden día tras día en nuestro televisor.
Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y rechazan la cómoda excusa de «es que la gente ya está acostumbrada a oírlo». Estos traductores, en un contexto como el expuesto en el primer ejemplo, sustituirían «demonios» por los castizos «coño» o «cojones», que resultarían más pertinentes. Del mismo modo, en el segundo caso dirían «¡mierda!» o «¡ay!», pero nunca «¡diablos!». Creo que estamos de acuerdo en que las expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble, seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.
No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las fórmulas absurdas del tipo «diablos» o «recórcholis» (en serio, esto lo he oído en alguna película). A los directores de marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su producto y consideran que la receta más prometedora es la que conjuga tradicionalismo y puritanismo.
Por tanto, nos encontramos ante un círculo vicioso en el que la televisión y el cine no reflejan fielmente la manera como una comunidad utiliza su lengua. Pero esto no es lo peor: el verdadero problema surge cuando ocurre justo lo contrario, es decir, cuando los espectadores adoptan en su forma de hablar diaria a estos monstruitos lingüísticos que escuchan en los medios audiovisuales. En este sentido, las emisiones que cuentan con niveles de audiencia desorbitados son fuentes importantes de vocablos de calidad dudosa. Tal es el ejemplo clásico del calco «nominar», que ha adquirido una nueva connotación a raíz de su uso incorrecto en ciertos programas. Así, se ha rizado el rizo hasta conseguir que algunos lo empleen con los significados de «castigar» o «rechazar».
Este contexto, en el que la sociedad de masas está al orden del día, nos lleva a un nuevo fenómeno: Internet. Éste último constituye una enredadera que trepa a una velocidad asombrosa, relegando a un segundo plano, cuando no sustituyendo, al soporte papel. Desgraciadamente, se trata ya de un campo prácticamente incontrolable. Todo el mundo puede publicar material en Internet, por lo que es el vehículo perfecto para la profusión de documentos mal escritos: me resultaría imposible calcular el número de faltas de ortografía y de redacción que detecto cada día cuando navego por la red. Por otro lado, el uso masivo del correo electrónico está trayendo como resultado que ya casi nadie escriba las tildes. Impera la ley del mínimo esfuerzo y a mucha gente ya no le daña la vista leer, por poner un ejemplo, palabras esdrújulas no acentuadas. Es como si se hubiera creado un virus informático-lingüístico, y quizás tendríamos que comenzar a plantearnos si no nos encontramos ante el nacimiento de un nuevo lenguaje, el español de Internet... ¿Hasta dónde podrán llegar sus efectos? ¿Llegarán a desaparecer por completo las tildes?
Pero no todo es incontrolable en la red, ya que también existen espacios destinados a difundir noticias, artículos de actualidad, etc. Aún así, en ocasiones he tenido que descartar material que había descargado de páginas web para mis cursos de español, por ser absolutamente ininteligible. El motivo era que se trataba de una mala traducción. Recuerdo el ejemplo de una noticia sobre París publicada en una página española, donde aparecían párrafos completamente incomprensibles y calcos espantosos del francés, tales como «montar las escaleras» (monter les escaliers), cuando en España siempre las subimos.
Son ya muchos los profesionales y estudiosos de la traducción que debaten sobre la influencia que los medios audiovisuales ejercen sobre el lenguaje. Los traductores debemos luchar por ser escuchados, debemos reivindicar la calidad lingüística y el cuidado estilístico que se exige en la traducción literaria. No olvidemos que la traducción de productos audiovisuales es uno de los campos del sector que genera un mayor número de puestos de trabajo y que atrae a más público. Aprovechemos este privilegio para hacer gala de nuestra profesión de una forma digna. Inventemos un antivirus que desinfecte al español de los extranjerismos y que nos permita utilizar los medios de comunicación para explotar la riqueza de nuestra lengua, no para mancharla con barbarismos.

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