lunes, 31 de diciembre de 2012

La cultura de la queja



El título de este artículo es también la traducción del título de un libro de Robert Hughes (The Fraying of America) publicado en España por Anagrama en 1994. Un libro interesante para cualquiera y especialmente útil para comprender ciertos aspectos de una sociedad judicializada que produce gran cantidad de cultura y tecnología. Esa denominada «cultura de la queja» tiene una influencia directa y precisa en los productos que fabrica y exporta, y, por ende, en las traducciones y los traductores que debemos trabajar con ellos.
O, por comenzar con un ejemplo ilustrativo: hace dos años compré una botella de champán en Estados Unidos. Sobre la etiqueta de la botella había otra, de fondo rojo y letras blancas, en la que se daban instrucciones precisas para el descorche del vino espumoso, y cito textualmente:
  1. No utilice sacacorchos.
  2. No dirija la botella hacia otras personas cuando vaya a descorcharla.
  3. No agite la botella.
  4. No se apunte a los ojos u otras zonas sensibles cuando vaya a descorchar la botella.
Al pie de las instrucciones había un parrafito en el que se describían, además, los daños que podía llegar a causar un corcho de botella de champán en el cuerpo de un ser humano.
Las instrucciones de instalación de un juego en CD-ROM que tuve que traducir hace años eran, literalmente, estas que siguen:
  1. Compruebe que tiene una unidad lectora de CD-ROM.
  2. Abra la unidad lectora.
  3. Introduzca el CD-ROM en la unidad lectora de CD-ROM y ciérrela.
  4. Se abrirá el programa de instalación automáticamente.
    Siga las instrucciones que aparecen en pantalla para efectuar la instalación.
Mi traducción quedó reducida a esto:
Introduzca el CD-ROM en la unidad.
Siga las instrucciones de instalación que aparecen en pantalla.

A mi cliente casi le da un soponcio. «¡Cómo puedes tomarte la libertad de eliminar texto de la traducción!», dijo. La discusión —lingüística, en principio— desembocó en un debate sociopolítico y filosófico, en el que yo, más o menos, vine a concluir lo siguiente: «Hacer una traducción literal de ese texto es un insulto a la inteligencia del lector hispanohablante». Lo paradójico fue que el traductor que convirtió aquel texto al francés hizo exactamente lo mismo que yo, y eso que no habíamos hablado previamente.
Pero lo que aquí sería un insulto o, al menos, una falta de respeto al lector, en Estados Unidos no es sino un resultado lógico de esa cultura de la queja. En previsión de que cualquier cliente introduzca el CD-ROM en una abertura cualquiera de su ordenador, con ello reviente la máquina y luego denuncie al fabricante del programa por daños y perjuicios morales por un monto desmesurado, el fabricante se cura en salud añadiendo cláusulas e instrucciones que uno podría sospechar que están destinadas a lectores oligofrénicos.
Y aunque todo esto resulta jocoso y puede que distante para algunos lectores, les insto a que vayan a la cocina y tomen el manual de instrucciones de su horno microondas. Si es relativamente nuevo, podrán comprobar que una de las advertencias es no introduzca animales vivos. Hace años, una señora en Estados Unidos metió a su gato mojado en el microondas con la intención de secarlo, pero el gato salió desecado y con un fuerte olor a churrasco. La señora, que adoraba al felino, denunció al fabricante del horno y ganó un pleito porque este no decía que el horno no sirviese para secar animales vivos mojados.
Colegas traductores: que impere la cordura. Como decía en otros trujamanes de esta serie, recordemos que nuestro cometido es traducir, no solo letras, palabras y oraciones, sino situaciones culturales. En España y en los países hispanohablantes no vivimos la situación social, cultural, económica y política de otros países. Traduzcamos y adaptemos, no trasvasemos situaciones. Seamos responsables.

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