jueves, 20 de diciembre de 2012

¿Es nimia la toponimia?



A juzgar por las decisiones de algunos políticos y gobernantes, tanto en España como fuera de nuestro país, podría parecer que la toponimia es algo nimia, aunque algunas de esas decisiones pretendan, curiosamente, darle una relevancia notoria para que, al final, el resultado sea constrictor como una boa.

En mi opinión, en los últimos años se han venido tomando decisiones toponímicas muy erradas por varias razones: desconocimiento histórico, desidia lingüística y contemporización política acomplejada; a veces, una mezcla de las tres. Algunas decisiones no son fáciles pues, al fin y al cabo, estamos hablando, como siempre, del idioma, que no es una ciencia exacta sino una gran masa que se hiñe y mezcla en las bocas de cientos de millones de hablantes, y raro sería que todos la amasáramos del mismo modo.

Debido a una ristra de decisiones políticas internacionales, trocamos Angora por Ankara. También cambiamos Bengala por Bangladesh, aunque ese país que fue en sus tiempos una región de la India siempre ha tenido el mismo nombre y, de hecho, tal y como lo pronuncian sus aborígenes, la cosa se parece más a Bengala que a Bangladesh (bangala-des). Igual ocurre con Ceilán y Sri-Lanka (serilánk). ¿Hemos ganado algo con el cambio de nombre? Creo que no. Pero sí que hemos perdido algo —nada grave, pero apreciable— y es el linaje de una palabra y de las expresiones que con ella formamos, al igual que los gentilicios, vetustos ellos y consolidados en nuestra habla: el tigre bengalí, las luces de bengala, los lanceros bengalíes, el té ceilandés, la lana y el gato de Angora...

En general, casi todas las culturas y países han adaptado a su sistema fonético los nombres de poblaciones y lugares que visitaban con frecuencia. La adaptación de la grafía y del sonido fue, como en tantas ocasiones, paralela al establecimiento de relaciones comerciales. A los españoles del siglo xxi empieza a resultarnos raro pensar que alguien no pueda pronunciar con cierta soltura palabras foráneas como bourg o toulousse, pero eso era impensable hace siglos, incluso hace poquitos decenios. Aun más: mucha gente, no nos engañemos, ni sabe pronunciarlas ni tiene por qué saberlo. Por esa razón, el apellido Stewart pasó a ser Estuardo al traspasar nuestras fronteras y asentarse en palacio. Por ese mismo motivo, muchos topónimos llegaron al español a través del latín y no a través de la lengua original del lugar en el que se ubicaba la ciudad o el pueblo en cuestión.

Aunque algunos quieran convencerse de lo contrario, en España nunca ha habido empalizadas con ejércitos fronterizos al estilo de Astérix y Obélix que impidiesen el trasiego de personas y mercancías entre los antiguos reinos peninsulares. Quizá teniendo en mente este concepto alcazabado de lo que hoy llamamos España (esa nación pluricultural y plurilingüe), algunos consideran que no hay más toponimia que la que vale, es decir, la del lugar en el que se ubica la población en cuestión. Y así se han dictado leyes para recordar a la ciudadanía el correcto nombre de algunas poblaciones, cuales son: Illes Balears, A Coruña, Ourense, Girona y Lleida. Nada se dice en esta ley sobre otros muchísimos topónimos vascos, gallegos, catalanes, valencianos... que no han sido aclarados por ley, y quizá los legisladores, movidos por un sentimiento ecológico destinado a ahorrar papel, solo hayan dictado norma sobre las poblaciones que reclamaron salir de la ambigüedad con ahínco. El resto deberá apañárselas como pueda.

Como hablantes no debemos dejarnos arrastrar por las mareas políticas, que ora suben ora bajan. Los hablantes sabemos bien qué hay que hacer. Aunque se dicte una ley que promueva el monolingüismo toponímico (respetable, pero paradójico en un país que presume de plurilingüe), nuestra forma de hablar no tiene por qué cambiar. En gallego, Jaén se llama Xaén aunque el topónimo oficial sea Jaén. En catalán, Teruel se llama Terol aunque aquel sea su topónimo oficial. En español, Girona se llama Gerona aunque aquel sea su topónimo oficial (por ley). Y Barcelona se pronuncia con c, aunque, en teoría, su topónimo oficial (con una fonética también oficial, suponemos), nos indique que debemos pronunciar algo así como Barselona (con ele nasal).

Se mezclan churras con merinas cuando se mezcla la toponimia con ciertos términos arrojadizos como centralismo, nacionalismo, españolismo, autodeterminación, etc., o se emplean los casos de topónimos forzadamente convertidos al español durante la dictadura de Franco como argumento para defender una toponimia monolingüe y excluyente. (Que sea monolingüe no es tan grave como que además justifique su existencia negando la de topónimos en otras lenguas, principalmente la española).

Algunos medios de comunicación, en ocasiones tremendamente iconoclastas, pero a fin de cuentas obligados a su público, se han apuntado a esta nueva tendencia con una euforia envidiable que ya querría para sí cualquier institución de defensa de la lengua. Y entre las dudas toponímicas y el temor al que dirán, surgen nuevas situaciones lingüísticas, entre ridículas y lamentables. He ahí el diario La Voz de Galicia —por citar uno—, que pare nuevos gentilicios españoles sobre las mesas de su redacción sin anestesia epidural. De este parto indoloro surgió ourensano, ampliamente empleado por sus redactores aunque ningún hispanohablante con dos dedos frente ose decirlo. Pero lo dirán. Y dirán gironés en lugar de gerundense, y lleidatán o lleidatano en lugar de leridano, y londrinense y barselonés y gibraltarian y bueno, lo que pueda dar de sí el caletre de estos nuevos lexicógrafos y neologistas de nuevo cuño.

Mientras tanto, en algunas televisiones autonómicas y nacionales, se debaten entre decir los topónimos en español, en su lengua o en una tercera. Algunos hay que ya pronuncian los topónimos foráneos à la étrangère porque si aplicamos una política monolingüe en esta época de universalización, habrá que ser coherentes. Así son las cosas ahora: o todo o nada o cada uno por su lado.

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