jueves, 1 de marzo de 2012

Bastardos y putativos (Xosé Castro Roig)

 

1. La mayoría de las películas que vemos en la televisión son extranjeras.
2. La mayoría de las películas que vemos en el cine son extranjeras.
3. La mayoría de las películas y telefilmes extranjeros que vemos en nuestro país son estadounidenses.

Aunque no tengo las cifras exactas, osaría decir que estas frases son ciertas en la mayoría de los países del mundo. Nos empapamos de civilización estadounidense, y para resguardarnos de esta lluvia cultural que cae gota a gota sobre nuestras sociedades, los traductores —entre otros— debemos abrir el paraguas a tiempo.
Hace un par de años presencié por vez primera un partido de fútbol, y lo que más me llamó la atención (aparte de que veintidós hombres con calzones sean capaces de llenar un estadio con quince mil almas) fue la variedad de insultos que proferían ciertos orates (una minoría) como balas de ametralladora, bien contra el árbitro bien contra un jugador contrario.
Además de algunos insultos que me dejaron perplejo (como “¡taxista!”, “¡socialista!” y otros que ensalzaban defectos físicos o mentaban a familiares —vivos o muertos— del insultado), lo que más me sorprendió fue un muchacho de veintipocos años que no paraba de gritar “¡Bastardos!”, y que creyó que yo era del equipo contrario porque le pregunté que «desde cuándo aquello era un insulto».
La historia de Hispanoamérica está preñada de padres e hijos fornecinos, existimativos, putativos y bastardos; desde el herrero hasta el rey. Nunca fue un gran insulto llamar “bastardo” a nadie por estos pagos. Grandes bastardos fueron hidalgos y muchos tuvimos en la Corte que hicieron grandes cosas (y también cosas horribles).
Lo que confirmaba aquel muchacho sin saberlo es que su vocabulario estaba siendo modificado —dada su edad y las películas vistas— por las malas traducciones del inglés. En este idioma, efectivamente, “bastard” es un insulto subido de tono, equivalente a nuestro castizo “hijo de puta”.

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