viernes, 20 de enero de 2012

Uno para todos… (Xosé Castro Roig)


Cuando estudiaba inglés en la escuela, me llamaba la atención la simpleza de la lengua inglesa en muchos ámbitos: su conjugación verbal, sus casi inexistentes y espartanos diminutivos y aumentativos (sobre todo al compararlos con los españoles, tan variados y llenos de matices -ito, -ón, -azo, -illo, -ucho, -ete, -ico…), la formación simplista de ciertas palabras («mochila se dice backpack», pensaba yo; literalmente ‘paquete de la espalda’) y el uso de un solo vocablo para designar diversos conceptos que en español requieren de varias palabras (algo así ocurre con el idioma alemán —aunque por motivos bien distintos—, pues a los germanos les parece curioso que en español tengamos cojines, almohadas, cuadrantes, cabezales…, cuando para ellos todo es una almohada con distintos usos).
Esta simplicidad, que en ocasiones tienen ciertos campos semánticos en inglés, llega al español y se prende a nuestro idioma gracias a eso que denominamos “economía del lenguaje”, o dicho en román paladino: para qué tener cinco palabras si podemos tener una.
El problema es que esta simpleza denominativa no llega a nuestro idioma de modo uniforme, sino por medio de malas traducciones creadas en sectores económicos o culturales a menudo relevantes. Así, como ya decía en un trujamán anterior, vemos que las empresas de informática llaman soporte al cliente (un dislate mayúsculo según el cual dichas empresas nos soportan, no nos ayudan) y soporte técnico a lo que en el resto de los sectores industriales se denomina “servicio al cliente” y “asistencia técnica”. Incluso hemos creado unas siglas de uso muy extendido: SAT (Servicio de Asistencia Técnica).
La Academia Española de Cinematografía habla con orgullo de sus nominados a los premios Goya. Paradójicamente, el mal uso del verbo “nominar” solo se emplea en concursos de actores y también en algún que otro programa basura, donde los concursantes nominan a sus compañeros (en realidad, los “descalifican” o “eligen” para que sean expulsados; hay que ver cuánto puede llegar a exprimirse un solo verbo). Algunos hablantes tienen tan interiorizado el error que cambian con total fluidez de un vocablo a otro sin percatarse. Hace poco, mi amigo Javier charlaba sobre los «nominados a los premios Oscar», pero a renglón seguido hablaba de los «“finalistas” del premio Planeta», de los «“candidatos” al premio Nobel», de los «equipos “aspirantes” al campeonato» y de los «“seleccionados” o “participantes” de un concurso televisivo».
En esa misma línea está el término “panel”, que con el tiempo nos ha valido tanto para un roto como para un descosido. Con él podemos designar un tablero o tablón de anuncios, el salpicadero de un automóvil, un cartel, una pared prefabricada o portátil, un cuadro de mandos, indicadores o conexiones, un jurado, un grupo de ponentes o contertulios, incluso una tertulia, un debate, un coloquio…
Como se expresa bien en el método cartesiano: dudemos de lo que creemos que sabemos, especialmente de aquello que ya dábamos por bueno antes de plantearnos la duda. Recordemos aquellos ejercicios escolares, destinados a aumentar nuestro vocabulario, en los que el maestro nos pedía que relatásemos algo sin mentar palabras como “cosa”, “hacer”, “eso”, “chisme”, etc. O aquellos tan curiosos en los que nos hacían ver las diferencias —tan graves o tan sutiles— que se daban al combinar cierto verbo con ciertos sustantivos, como en el caso de la “campana”, que puede doblarse, tocarse, picarse, herirse, repicarse, tañerse o repiquetearse.

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