viernes, 27 de enero de 2012

Entrando instrucciones al pipeline (Bertha Gutiérrez Rodilla)

 

Con frecuencia se demoniza el lenguaje de los científicos; desde luego, su forma de hablar no es como para tirar cohetes. Sin embargo, parecen los fundadores de la RAE si se compara su lenguaje con el de los que desempeñan sus tareas profesionales en el ámbito de la técnica. Recientemente ha caído en mis manos el discurso de entrada en una academia de uno de sus egregios representantes —silencio su nombre, por razones obvias—, y me he quedado de un aire leyéndolo, porque no tiene desperdicio. Estoy hablando, claro está, desde el punto de vista lingüístico, pues de sus contenidos tengo poco que decir, aunque sólo sea porque la manera en que está escrito me ha impedido acceder a buena parte de ellos. Por eso, los dejaré de lado y me ceñiré al lenguaje.
Lo más evidente es, sin duda, lo que tiene que ver con el léxico, salpicado hasta la saciedad de anglicismos extraños, verbos y sustantivos ingleses vestidos de español, palabras mal empleadas por causa de una pésima traducción, etc.: oblea, iteración, resistor, bus, chip, bit, thread, qubit, embedded, subrutina, optimizar, miniaturizar, factorizar…, presentes también en expresiones llamativas como computador de guiado, jerarquía de memoria, disipador de calor, ambientes de ayuda a la gestión, calculadoras de propósito general, computador de propósito específico, máquina orientada a la solución de ecuaciones… En cuanto al uso de las palabras, no me resisto a señalar que, a la conocida apropiación indebida del adjetivo inteligente por parte de las máquinas —que ya está al cabo de la calle, pues hasta existen cremas inteligentes o aparcamientos inteligentes, por ejemplo—, se añade ahora la del adjetivo razonable, puesto que, al parecer, los “dispositivos de entrada salida” pueden serlo (¡no como el presidente de mi comunidad de vecinos, al que no hay manera de hacerle entrar en razón para algunas cosas!)
En honor a la verdad, debo remarcar que me ha impresionado favorablemente que el discurso no esté plagado de principio a fin de verbos terminados en -izar, aunque haya unos cuantos. Sí detecto, en cambio, una tendencia enfermiza a utilizar verbos, supongo que de última generación, formados anteponiéndoles a los antiguos la partícula re-: reiniciar, repensar, reprogramar, relanzar, rediseñar, redefinir, reejecutarPeccata minuta son los abusos del gerundio o de la voz pasiva («tenía hasta 64 instrucciones en su lenguaje máquina que podían ser llamadas a ser ejecutadas por el programa principal»), si se comparan con el uso transitivo del verbo entrar («son procesadores que permiten entrar al pipeline (¡!) varias instrucciones por ciclo»), y otras anomalías sintácticas diversas como «conmutar entre dos estados estables»; «se denominó Máquinas de Diferencias y nunca llegó a construirla»; «cada unos pocos meses, salen tablas que…»; por destacar sólo algunas.
Como no tengo espacio para dar cuenta de todo, termino con un párrafo que haría las delicias de los hermanos Marx, ya que parece como si lo hubiera escrito un autómata que se estuviera aplicando a sí mismo un programa de traducción automática. Que el lector saque sus propias conclusiones, pues yo me he quedado en coma flotante —como los números reales en coma flotante que hay en este discurso—, después de leerlo: «En los procesadores que ejecutan las instrucciones fuera de orden (out of order), el hardware es capaz de, dinámicamente, detectar qué instrucciones posteriores a las que tienen problemas no dependen de éstas y entonces, las ejecutan antes que las anteriores. (…) La desventaja es que el hardware necesario para implementar esta política de ejecución fuera de orden, junto con otros mecanismos asociados para detectar y eliminar las dependencias no verdaderas entre instrucciones, es realmente caro y complejo y parece poco escalable en el sentido de que esta complejidad va en contra de las tecnologías futuras».
Desde luego, de todas las heridas que tiene abiertas el español, no hay ninguna que sangre como ésta.

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