lunes, 30 de enero de 2012

Lo de ellos es mejor (Xosé Castro Roig)

 

El otro día, paseando por mi barrio (otrora castizo y chulapo y ahora receptor de inmigrantes de decenas de nacionalidades); paseando, decía, me topé con una peluquería cuyo letrero exterior rezaba: “PELUQUERÍA AFROAMERICANA”.
Leer aquello y entrar fue todo uno y, para mayor asombro, descubrir que el establecimiento estaba regentado por inmigrantes chinos que, conscientes de la oportunidad de negocio inherente al rizo cabello de sus vecinos de raza negra —en contraposición con el sencillo y liso cabello oriental— habían montado el negocio con gran éxito de público.
El local estaba hasta la bandera de hombres y mujeres negros y mulatos, pero ninguno parecía identificarse como afroamericano.
Las corrientes culturales —en este mundo que camina cuesta abajo hacia la cultura única— aprovechan cualquier rendija, cualquier intersticio, para diluirse sin solución de continuidad en culturas ajenas. Ocurre lo mismo con partículas tan nimias del lenguaje como las onomatopeyas, y quizá por eso ya no es raro oír a escolares españoles interjiriendo yuks, auchs y oh-ohs, en lugar de hispanos “puajs”, “ayes” y “uyes”. Serán los Teletubbies, que aunque no puede decirse que tengan unos diálogos metafísicos, se ve que le colaron un buen gol al traductor con las onomatopeyas inglesas («oh oh», que diría Dipsy).
Volviendo al hilo: los regentes de esta peluquería querían captar a la clientela negra del barrio, pero llamarse “Peluquería para negros” resultaba, digo yo, políticamente incorrecto. También debieron pensar que “Peluquería africana” (nombre con el que se autodenominan casi todos estos establecimientos en Madrid) no abarcaba todo el público al que querían ofrecer sus servicios, que es mayoritariamente caribeño, así que el término afroamericano, que debe de aunar lo mejor de ambos continentes —sigo diciendo yo— era la solución más apropiada sin lugar a dudas.
Algo así deben de pensar algunos traductores, redactores, correctores y periodistas que trabajan en diversos medios de comunicación y salpican sus textos con términos que no son aplicables, en muchos casos, en la cultura destinataria. Trasladan, quizá sin saberlo, términos y expresiones fruto de un problema social e impropios de la lengua y contexto cultural destinatarios. El problema es que las palabras mal traídas son, a veces, los prefacios de debates innecesarios.
Los ciudadanos e inmigrantes negros en Europa —y en España, concretamente— no viven el mismo contexto cultural que las personas de raza negra de los Estados Unidos. En Europa no hay “afroeuropeos” porque la palabra “negro” no se ha cargado de las connotaciones negativas que quizá haya podido adoptar para algunos en Estados Unidos. Debe decirse, además, que en Estados Unidos no todos los negros, ni mucho menos, defienden esta corriente nominalista o eufemista que consiste en llamar a una misma cosa con distinto nombre para que, dentro de unos años, el neologismo vuelva a cargarse de las mismas connotaciones negativas que sus predecesores. Así, en aquel país ya han utilizado casi todo el campo semántico disponible para definir a gente de raza negra: “nigger”, “coloured”, “black”, “negro”… y ahora, “afroamerican”. En España hay negros españoles o españoles negros. No traduzcamos problemas sino palabras.

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