miércoles, 30 de marzo de 2011

El crespón, negro por definición

Antonio Machín García, Director de la Oficina de Corrección del Español (Revista Donde Dice... N.º 2.)


A veces el hablante se enreda solo y, como las olas, una sobre otra, envuelve las palabras, unas con otras, de tal manera que acaba diciendo lo mismo pero más largo.
Esta acumulación innecesaria e inútil de vocablos que repiten un mismo pensamiento, aunque expresado de forma distinta, da lugar a curiosas, y a veces jocosas, redundancias.
Hay muchos ejemplos verdaderamente singulares de esos ejercicios malabares. Como esa pieza que pusieron de moda los políticos intentando confundir al personal con “proyectos de futuro”, cuando todo el mundo sabe lo difícil que resulta concebir un proyecto para el mes anterior; o esos otros avispados que pretenden no dejar pistas y “se bifurcan en dos direcciones” tocados con una espléndida “peluca postiza” por si las moscas; o los que, como quien no quiere la cosa, “hablan tres idiomas diferentes”; o aquellos que, por una “casualidad imprevista”, se ven obligados a “prever con antelación” (cuando no preveer) una “utopía inalcanzable”.
Lo mismo ha ocurrido con los “crespones negros” que se vieron sobre numerosas banderas y sábanas blancas en sentida reacción al atentado terrorista de la estación de Atocha, de Madrid.
Quienquiera que se haya molestado en “volver a releer” el Diccionario de la Real Academia, habrá podido percatarse de que en la segunda acepción de esta palabra se explica que crespón es una ‘tela negra que se usa en señal de luto’. Es decir, que no hay crespones rojos ni amarillos ni de cualquier otro color. El crespón es negro por sí mismo, por definición; como negra es la pena y, para algunos, la propia vida. En nuestra cultura, este extremo de la escala cromática, opuesto al blanco, es color infausto y triste y suele asociarse generalmente a lo negativo y funerario; aunque muchos lo utilicen también para ir de fiesta por la noche.

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