viernes, 14 de enero de 2011

Carta abierta de la Academia Norteamericana de la Lengua


Carta abierta a los miembros de las 22 Academias de la Lengua Española del mundo hispánico, los rectores de planes de estudio relacionados con el español en las universidades de EE.UU. y los representantes de los medios de comunicación.
La Academia Norteamericana de la Lengua Española, habiéndose pronunciado en ocasiones anteriores contra la difusión del “espanglish” en la vida pública de este país, se dirige hoy a los responsables universitarios para aportar algunos datos de interés sobre este fenómeno lingüístico e instarlos a que reflexionen antes de dar cabida en sus planes a los defensores y propugnadores de una deformación dialectal, no sólo del español, sino también del inglés. Nuestra Academia está firmemente convencida de que todo inmigrante de habla española debe aprender el inglés correctamente, por ser el idioma de comunicación del país que lo ha acogido, y al mismo tiempo hablar y escribir el español con propiedad, puesto que es su lengua materna. Lo que no deben hacer es hablar mal el inglés y peor el español.
Históricamente, el español de EE.UU. ha sido representado por cuatro focos: el de los de origen mexicano, en el Sudoeste; el de los puertorriqueños, dominicanos y sudamericanos, en el Este, especialmente en Nueva York; el de los cubano-americanos, en la Florida; y el de los mexicanos y puertorriqueños, en Chicago. Últimamente, se han sumado a estos sectores contingentes importantes de centro y sudamericanos, radicados en los grandes centros urbanos de EE.UU., especialmente en Washington D.C. Al principio, estos inmigrante poseían escasos estudios y limitados medios económicos, pero usaron lo que sabían para adaptar y transformar los vocablos ingleses que oían en palabras espurias, en expresiones medio anglosajonas y medio españolas: “troca” (por “camión”), “lonche” (por “almuerzo”), “basketa” (por “cesta”), etc.
Durante muchos años, esta mezcolanza no pasó del hogar, de los amigos, de la calle. Y como hemos indicado, tenía modalidades tan variadas que se entendían con dificultad. Con la llegada de la Internet y el correo electrónico, estas personas empezaron a comunicarse a escala nacional y a adoptar términos ingleses españolizados para los tecnicismos de la informática: “uplodear” (por “cargar”), “dounlodear” (por “descargar”), “deletear” (por “borrar”), “chatear” (por “charlar”), “printear” (por “imprimir”), y muchos más por el estilo. Y no sólo se comunicaron entre sí, sino que alentados por jóvenes universitarios -carentes de formación sólida, pero con una ambición desmedida de distinguirse-, conocedores de la existencia de buenos equivalentes en español (hay por lo menos 20 diccionarios de informática en inglés y español), optaron por descartarlos y defender la difusión del espanglish.
A estos primeros brotes de apoyo universitario se están uniendo ahora otros elementos que se benefician de esta jerga publicando diccionarios de espanglish y sentando cátedra en centros universitarios. Esto sucede en momentos en que jamás ha habido tanto interés por parte del sector hispano en aprender bien no sólo el inglés, sino también el español. Hoy, además de estaciones de televisión y radio, periódicos y revistas, contamos con multitud de publicaciones de orden orientador para los que quieran perfeccionar su español, así como también con infinidad de diccionarios léxicos de ambas lenguas. En estas circunstancias, impulsar el uso del espanglish viene a representar un atentado contra las dos lenguas que integran esa denominación: el español y el inglés. En el presente, el espanglish no afecta todavía de forma grave al inglés ni al español, aun teniendo en cuenta que son 40 millones de hispanohablantes los que viven en EE.UU.; pero, apoyado y propagado por las universidades norteamericanas, sí podría afectarlos sensiblemente el día de mañana, cuando, en unos 25 años, esa masa hispanohablante haya alcanzado la cifra demográfica prevista de 60 millones. Alentar al espanglish es, pues, asegurar su imposición, o por lo menos, su adopción en amplios sectores de la comunidad, deformando así dos lenguas universales que merecen el mayor respecto. ¿Qué altura intelectual reflejaría la universidad del mundo hispánico si fomentara el “ghetto-English” como lengua modelo?

La legitimación del bastardo.

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