lunes, 20 de febrero de 2017

Crewing (/kruːɪŋ/)


Vocablo inglés sin equivalencia exacta en español que suele traducirse con alguna perífrasis de los términos “tripulación”, “tripulante”, “equipo”, etc.
El sustantivo “crew” (/kruː/) quiere decir “tripulación”, “dotación”, “equipo”, “grupo”, “pandilla” o “banda”; y partir de él (perdón, del mismo), se forma “crewing”, referido a la actividad laboral como personal de a bordo de una empresa naviera, en un buque mercante o en un crucero, trabajando tanto en labores de mantenimiento y servicio como en otras menos técnicas (animadores, cantantes, profesores de baile, monitores de actividades físicas, camareros, socorristas, etc.)

viernes, 10 de febrero de 2017

Homesplante la hueva emporá



Hace unas semanas, en la tele, un deportista al que entrevistaban se hizo repetir tres veces la pregunta, y al final confesó que no podía responderla porque no entendía una palabra. Que no se aclaraba con el farfullo del periodista. Creo recordar que la pregunta era: «¿Homesplante la hueva emporá?», formulada con cerradísimo acento andaluz. Al cabo de un rato, y tras darle muchas vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que lo que el periodista había querido preguntar era «¿Cómo te planteas la nueva temporada?» Y oigan. Nada tengo contra los acentos. Lo juro. Ni contra el panocho de Mursia, ni contra el gallegu, ni contra el valensianet de Valensia, ni contra ningún otro. Todo es parte de la rica pluralidad, etcétera, de las tierras de España; y a mí también me sale el cartagenero cuando estoy con mis paisanos o cuando me cabreo y miento el copón de Bullas. Pero no se trata de acentos. Lo que me dejó incómodo fue el toque chusma de la cuestión. Para entendernos: hace sólo unos años, al periodista del homesplante la emporá, en su televisión, en su radio, en su periódico o en donde fuera, no le habrían dejado abrir la boca. Por cateto.

Y ahora dirá alguien, en plan buen rollito, que también los catetos tienen derecho a ser periodistas y preguntar cosas. Pues lo siento. Niet. Ni de coña. Los catetos, lo que tienen que hacer es dedicarse a otra cosa, o hacer los esfuerzos adecuados para dejar de ser catetos. Y los jefes de los catetos —y las catetas— que andan sueltos por ahí, preguntándoles por las huevas de la emporá a los futbolistas y a los premios Nobel de Literatura, lo que son es unos irresponsables y unos pichaflojas, incapaces de poner las cosas en su sitio y darle dignidad al medio que les paga el jornal.

Hemos llegado a un punto en el que todo vale, donde tener unas tragaderas como la puerta de Alcalá se toma por patente de salud democrática, talante y besos en la boca; mientras que poner las cosas en su sitio, exigir que los estudiantes estudien, que quienes escriben no cometan faltas de ortografía, que los que hablan en público controlen los más elementales principios de la retórica, o por lo menos de la sintaxis, se toma por indicio alarmante de que un fascista totalitario y carca asoma la oreja.

Es devastador el daño que hacen, en ese registro, dos elementos recientemente incorporados en masa a la vida pública: el periodista iletrado y el político analfabeto. Ambos flojean precisamente donde más sólidas debían ser sus vitaminas, y no me refiero sólo al lenguaje infame con que nos vejan a diario; sino también a lo que éste contiene. Un periodista utiliza el idioma como herramienta principal en su trabajo de informar y crear opinión, y un político es alguien que, aparte una presumible formación ética y una cultura —pero de eso no vamos ni a hablar, porque a fin de cuentas estamos en España—, necesita un conocimiento elemental de los recursos de la lengua en la que se expresa cuando habla en público o se dirige a sus ilustres compañeros —o cómplices, o lo que sean— de negocio. Y lo terrible es que la funesta combinación de ambos personajes, periodista iletrado y político cenutrio, es la que marca ahora el tono de la vida pública española.

Nunca hubo tal acumulación de disparates, de bajunería expresiva, de servilismo a lo socialmente correcto, de desconocimiento de las más elementales reglas de la comunicación oral o escrita. La ignorancia, la desorientación y la gilipollez son absolutas: bulling por acoso escolar; mobbing por acoso laboral; género por sexo; fue disparado por le dispararon o fue tiroteado; severas heridas por graves heridas; apostar en vez de proponerse, decidir, querer, intentar, pretender, desear o procurar. Y así, hasta la náusea. Cualquier murga nueva, cualquier coletilla, cualquier traducción pedestre del guiri, cualquier tontería o lugar común, hace fortuna con rapidez pasmosa y se propaga en boca y tecla de quienes, paradójicamente, más deberían cuidar el asunto. Todo eso, claro, acentos y farfullos aparte.

Y así, algunos desoladores productos de la nueva generación de periodistas hijos de la Logse, la desaparición de la antigua, venerable y utilísima figura del corrector de estilo en los medios informativos, y la ordinariez de la ciénaga donde a menudo se nutre la vida política española, nos tienen a merced de tanta mala bestia que nos bombardea con su zafiedad y su incultura, contaminándonos. Y nadie se atreve a exigir lo razonable: que lean y se eduquen, que cambien de oficio o que cierren la boca.

miércoles, 1 de febrero de 2017

«Vuelta rápida» lo son casi todas



El televisor muestra bien claro el letrero: «Fastest lap, Hamilton, 1.28.02». Y los narradores nos traducen: «Vuelta rápida de Hamilton, en 1.28.02».
Las transmisiones de fórmula 1 constituyen un ejemplo de periodismo brillante, un lujo para el espectador. No solo durante la transmisión, sino antes y después. En las horas previas a la competición, tanto el sábado como el domingo, el equipo de Antonio Lobato nos ofrece unas piezas informativas muy didácticas que explican la historia de este deporte y los aspectos técnicos más complicados. Sus autores trabajan con generosidad, porque piensan en el público y no en su propio lucimiento. Incluso nos evitan las torpes opiniones del primer fanfarrón que se pone a tiro, tan socorridas en otros acontecimientos.
Todos los profesionales que trabajan ante la cámara o comentan cuanto se ve en la pantalla saben inglés, por supuesto. Y tanto saben, que hasta pueden descifrar esas conversaciones entre el piloto y su ingeniero que oímos de vez en cuando con sonido de radiogramola vieja y que resultarían dificilísimas de interpretar para cualquiera de nosotros incluso si las escucháramos en español.
El insustituible narrador (tan imprescindible como Fernando Alonso, con el que ha ido cambiando de cadena como si el periodista también formara parte indisociable del espectáculo) y sus colaboradores (de indudable competencia en la materia) conocen a la perfección que «fastest lap» no significa «vuelta rápida» (así traduciríamos «fast lap»), sino «vuelta más rápida». Y sin embargo traducen “vuelta rápida”.
Uno ve las carreras de motos o las de fórmula 1 y se da cuenta enseguida de que todas las vueltas son rapidísimas. Unas más rápidas que otras, desde luego. Y cuando alguien consigue la vuelta más veloz de la jornada, estamos ante «la vuelta rápida», dicen. Pero el significado cabal de esa expresión nos llevaría quizá a deducir que las otras fueron lentas. Y eso que apenas se diferenciaban en centésimas, imperceptibles para el espectador.
En la fórmula 1 o en moto GP o incluso en los 1500 metros se trata de correr lo más deprisa posible, y por eso las vueltas más rápidas se prefieren a las menos rápidas. O sea, aquellas son mejores. Así que podríamos conseguir con solo dos vocablos, ni uno más que en inglés, esa economía léxica que parecen precisar los narradores: «Fastest lap», «mejor vuelta».
Eso sí, recuerden ustedes que conseguir la mejor vuelta no resulta sencillo: es incompatible con la sanción de parar y arrancar (o sea, el stop and go que decimos los entendidos), o con la de pasar y seguir (que queda más elegante con los términos drive through; ea, que siga recto por la calle de talleres…, el mismísimo pit lane). Y tampoco conseguiremos la mejor vuelta de la jornada si en ese momento se produce un accidente y aparece el coche de seguridad (diga safety car si no quiere que le tomen por un inculto).
Otros inconvenientes para obtener la vuelta más rápida se derivan del creciente granulado de las ruedas, especialmente las lisas (vamos a ver: el graining de los slicks), y de los fallos de adherencia (o problemas con el grip).
Y si nos pasa todo eso en la jornada de clasificación (que también podría llamarse «de calificación» si pusiéramos notas a los pilotos), no habrá manera de lograr la mejor posición de salida (o pole position; no confundir con la pool position, que sería una posición de piscina), y en ese caso más nos valdría regresar al taller (o box); o tal vez volvernos a la caravana (que aquí se llama motorhome para no confundirla con las de la operación salida), o simplemente desahogarnos dando una vuelta por la explanada (que en este caso denominaremos paddock para que nadie se crea que nos referimos a cualquier otra que pueda quedar cerca).
¿Y con tantos anglicismos en las carreras, se preguntarán ustedes, va uno a fijarse en que omiten la expresión «vuelta más rápida» para pronunciar la escueta fórmula «vuelta rápida», que al menos se está manifestando en español?
Pues sí.
Los anglicismos le gustan a mucha gente; con esto no se ve problema. Se dicen y se queda muy bien, que por eso el inglés es un idioma de más prestigio. ¡Para una cosa que abunda hoy día! Lo malo del asunto es este nuevo recorte, esa renuncia a un elemento de la oración que quién sabe si nos viene impuesta desde Bruselas, esta austeridad con el adverbio como si costara dinero, como si fuera un lujo mediterráneo y panderetero, mientras se nos inunda con términos de importación en periodo de oferta.
Y deberíamos conocer, sin embargo, que el producto nacional sabe competir en austeridad con cualquiera, que tenemos capacidad para decidir nuestros propios tijeretazos y decir (con similar coste tipográfico) la expresión «mejor vuelta» si es necesario: con apenas una letra más que en la versión inglesa, pero ¡con cuatro menos que en alemán! (schnellste Runde), a pesar de lo cuidadosos que han sido siempre los germanos para mirar el gasto.
Está en juego la marca España, y el Gobierno no hace nada.
(Al principio del artículo pensaba echarle la culpa a Hamilton, pero se va librando).

martes, 31 de enero de 2017

Colapsar / Colapso


El sustantivo latino “collapsu(m)” (co(n)– [“unión”, “contacto”, “acción completa”] + lāb(ī) [“resbalar”] + –su(m)/–sa(m)), derivado del verbo “collabī” (“caer en conjunto”, “caer en ruinas”) dio lugar al sustantivo español “colapso” y al verbo correspondiente “colapsar”, además de al inglés “collapse” (/kəˈlæps/).
En el campo de la medicina, “collapse” sería equivalente a “[sufrir un] colapso”, tal como lo definen el Diccionario médico de la Clínica Universidad de Navarra (‘Fallo brusco de la actividad de un órgano’) o el Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico de la Universidad de Salamanca (‘Pérdida brusca de la circulación sanguínea eficaz por una alteración aguda de la función del corazón o una disminución rápida del tono de los vasos sanguíneos’, ‘Disminución anormal del tono de las paredes de un órgano hueco con decrecimiento o supresión de su luz’).
“Colapsar” y “colapso” también se refieren a un “atasco” o a la “destrucción [por ruina o abandono]” (DLE: ‘Destrucción, ruina de una institución, sistema, estructura’, ‘Paralización a que pueden llegar el tráfico y otras actividades’) —casos en los que siguen coincidiendo con el inglés—, pero no directamente “derrumbe”, “derrumbamiento”, “caída”, “hundimiento”, “derrumbarse”, “desplomarse”, “desmoronarse”, “hundirse” o “venirse abajo”, como puede verse en muchas ocasiones debido a traducciones defectuosas, como es el caso de la mayoría de los artículos dedicados al “derrumbamiento” (que no “colapso”, insisto) de las Torres Gemelas.

viernes, 27 de enero de 2017

El usuario debe eyacular el disco



Entender los manuales de instrucciones de ordenadores o electrodomésticos es a veces un auténtico galimatías. Y no por la complejidad de los aparatos, sino por las penosas traducciones. Esta situación ha llevado a distintas asociaciones de traductores e intérpretes a movilizarse para exigir que la Administración y las empresas contraten profesionales y se adopten medidas para erradicar a los piratas y las traducciones automáticas sin control posterior que, por ejemplo, pueden traducir el «extra» de la compañía aérea American Airlines que ofrece butacas de piel («Fly in leather») por un «¡Vuele en cueros!» Que en el manual de un reproductor de discos se traduzca «eject» por «eyacular» («deja de tocar un CD audio o eyacula la bandeja») o que en un manual de un teléfono móvil se confunda «llamadas» con «mamadas». Francisco Aviñó, presidente de la Asociación Profesional Española de Traductores e Intérpretes, que agrupa a cerca de 1500 profesionales, asegura que hace dos años pusieron en marcha el «sistema de turnos», que permite repartir los trabajos entre «los auténticos profesionales». Sin embargo, con el fin de «ahorrarse dinero», muchas veces se recurre a «piratas» que trabajan con un programa informático que, como muchos de ellos, no sabe nada de sintaxis ni semántica.

Tres pesetas por palabra.
«Cualquiera que tenga un ordenador, un programa de traducción y un curso de inglés se cree capacitado para hacer nuestro papel, cuando nosotros hemos pasado una carrera de cuatro años», dice Olga Torres, presidenta de la Asociación de Traductores Independientes de Cataluña. Pero los «piratas» cobran muchas veces bastante menos que los profesionales, 3-4 pesetas palabra frente a las 10-12 pesetas del profesional. Veamos algunos ejemplos recopilados por profesionales. Usted se compra una tostadora Hamilton Beach, americana [sic], y en el capítulo de advertencias puede encontrar este párrafo: «Una “incedio” puede ocurrir si tostador cubierto o conmovedor inflamable “materiel”, incluso cortinas, colgaduras, muro etcétera, cuando en operación». Y siguen las «cautelas»: «Nunca térmico mantequilla tostadas. Pan, buñuelo, pastel contagioso para extensión de “garapiña”, capa de azúcar, queso, etcétera, no recomendar para algún tostador. Cuando de “subwstancia” derretir, ello causa atasco e incomodidad». Tampoco están mal las instrucciones de limpieza: «Limpio externo superficial con un húmedo paño. No uso fregar polvo y limpio cojincillo». No se quedan atrás las instrucciones de uso de la cafetera Vespress: «Usar el normal detergente pero “non” hay que usar papillas de hierro o cosas iguales». La introducción en una guía del usuario del teclado de ordenador Nimble Beauty tampoco tiene desperdicio: «Colores claros los hace brillantes y bonito, no los opaca y son más que cosméticos. Excelente herramienta que “mecanoquafea” más divertida eficazmente». Otro traductor confundió «eject» por «eyaculación» y en las instrucciones de «manoseo» puede leerse esto: «Si el usuario no puede eyacular el disco oprimiendo el botón abrir/ cerrar, puede insertar una barra pequeña en el hoyo para eyaculación manual». En la «guía reparadora» de un vídeo JVC se pueden leer cosas como éstas: «Re-chequee las “conecciones”» o «el limpiado de cabeza automático limpia las cabezas de vídeo y tambor portacabezas cuando se coloca o extrae una cinta para reducir el atascamiento de la cabeza». Y una de coches: «Citroën ofrece a sus clientes la posibilidad de asegurar el entretenimiento de su coche».
Con cosas así, no es de extrañar que una mujer americana [sic] pusiera un pleito por una mala traducción que le llevó a meter a su caniche en un microondas para secarle el pelo.

Entretenimiento


Esta palabra nos ha llegado del francés en dos “oleadas” diferentes no demasiado separadas en el tiempo. La primera a finales del siglo XVI como calco de “entretien” (/ɑ̃tʀətjɛ̃/), empleada en Francia desde el siglo XII con el sentido de “mantenimiento”, “conservación”, “sostenimiento” (del latín “inter”, “entre”, y “tenere”, “tener”). La segunda, en el siglo XVII, se desvió primero hacia Inglaterra y nos llegó del inglés como calco de “entertainment” /ˌɛntəˈteɪnmənt/ (“entretenimiento”, “diversión”, “espectáculo”).
De ahí que, si bien el sentido con el que utilizamos este término sea comúnmente el inglés (Diccionario Clave: ‘Diversión o distracción con la que alguien pasa el tiempo’, ‘Lo que sirve para divertirse’), también podamos encontrar el francés en muchos diccionarios, como el María Moliner (‘Acción de sostener una cosa en actividad o en uso’, ‘Conjunto de cuidados necesarios para que algo se mantenga o siga funcionando con normalidad’) o el DLE (‘Mantenimiento o conservación de alguien o algo’).
Así, podemos encontrar traducciones del francés que pueden llevar a confusión, como por ejemplo las guías de “entretenimiento” de algún coche (cuando en español lo habitual sería denominarlo “mantenimiento”).