miércoles, 23 de septiembre de 2020

Sofing


Neologismo inglés formado con el sustantivo “sofa” /'səʊfə/ (“sofá”, “sillón”) y el sufijo “–ing”, definido por el Urban dictionary como ‘Tumbarse en el sofá, al principio para leer, ver la televisión, escuchar música o navegar por Internet, y finalmente para terminar echando una siesta’ o ‘Descansar unos minutos tumbado en un sofá’. En España se habían venido utilizando durante años los pseudoangliscismos “sillonbol” y “sillón-ball” (definido por el Diccionario Clave como ‘Actividad que consiste en ver deportes en televisión tumbado o sentado’), pero ese sufijo “–ing” (aparte del hecho de que para practicar este “deporte” no es necesario disponer de ningún “balón”) es demasiado atractivo como para resistirse a la tentación.

Otras variantes aún más lamentables serían “tumbing” y “siesting”, que demuestran que algunos en la cabeza no tienen “nothing”.

martes, 15 de septiembre de 2020

Serendipia / Serendipidad


Coloquiales intentos de traducción del inglés “serendipity” (/ˌserənˈdɪpɪtɪ/), vocablo incluido en 2004 en un listado de las diez palabras en inglés más complicadas de traducir.

El término “serendipia” hace referencia a un ‘Descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado que se produce gracias a la perspicacia del descubridor cuando se está buscando otra cosa distinta’. Otras posibles traducciones que eviten el neologismo podrían ser “carambola”, “chiripa”, “casualidad favorable”, “hallazgo fortuito”, “descubrimiento inesperado” o, simplemente, el arte de encontrar lo que no se busca expresamente. Personalmente, yo me decanto por el genial hallazgo de @glezscythe: “Chiripindity”, ‘Cuando estás buscando una cosa y por casualidad te encuentras otra mejor, así, de chiripa’.

El propio término inglés “serendipity” fue en su día un neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754 a partir de un cuento tradicional persa, incluido en Las mil y una noches, titulado “Los tres príncipes de Serendip” (nombre árabe de la isla de Ceilán, la actual Sri Lanka), en el que los protagonistas tenían el don del descubrimiento fortuito y encontraban, sin buscarla, la respuesta a problemas que no se habían planteado. En 1955, la revista Scientific American lo adopta como acepción técnica de referencia al descubrimiento científico que se debe más al azar o al accidente que a la experimentación sistemática.

Un sinnúmero de avances de la ciencia se han descubierto de forma “serendípica” (de “serendipitous” (/ˌsɛrənˈdɪpɪtəs/): “afortunado”, “fortuito”). Como decía Louis Pasteur, en la línea de considerar a la “serendipia” como un “arte”, «El accidente solo favorece a los espíritus preparados, a aquellos que saben leerlo y darle otro significado», es decir, que se necesita cierta receptividad o cierto estado de ánimo para percibir y descifrar el mensaje exacto que se está contemplando. Han caído muchas manzanas a lo largo de la Historia, pero fue Isaac Newton quien supo leer el mensaje cifrado de ese hecho para enunciar la Ley de la Gravitación Universal.

Uno de los primeros casos conocidos se dio en el siglo iii a. C. cuando el rey Hierón de Siracusa encargó a Arquímedes que investigara si el orfebre que había fabricado su corona le había engañado no utilizando todo el oro que le había proporcionado. El rey sabía los lingotes de oro que le había dado, pero no sabía medir el volumen de la corona para compararlo. Estando Arquímedes en los baños públicos metido en una bañera, se dio cuenta que esta derramaba agua por los bordes y, “serendípicamente”, dedujo que el volumen de agua desalojado era igual al volumen de su cuerpo. Emocionado, salió corriendo desnudo gritando «¡Eureka!». Había encontrado la solución al problema del rey, pero también a otros muchos con el Principio que lleva su nombre.

Otro ejemplo clásico es el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming quien, en 1928, advirtió que un disco de cultivo de bacterias había sido invadido por un moho proveniente de unas esporas que entraron por la ventana del laboratorio. En torno al moho había un círculo de bacterias reventadas que le permitieron reconocer un hongo llamado Penicillium notatum, de donde obtuvo finalmente un concentrado activo que llamó penicilina.

miércoles, 29 de julio de 2020

Selfi


Adaptación gráfica del término inglés “selfie” /ˈsɛlfi/ (de “self”: “auto” o “a sí mismo”), abreviatura de “self-portrait” (/ˌselfˈpɔːtrɪt/) que fue palabra del año 2013 (año en el que su empleo entre angloparlantes aumentó un 17 000 %) para los diccionarios Oxford y del 2014 para la Fundéu (en marzo de ese año el “selfi” de la actriz y presentadora de los Oscar, Ellen DeGeneres, acompañada por algunos de los ganadores de los premios al final de la gala, se convirtió en el mensaje más retuiteado de la historia). Además, la combinación “selficide” (de “selfie” y “suicide”, para definir el acto de matarse sacándose una “fotoyo”) fue finalista de la «Jugendwort des Jahres» o «Palabra juvenil del año» de la editorial de diccionarios Langenscheidt.


Podría definirse como ‘Fotografía que uno toma de sí mismo, solo o en compañía de otros, en general con teléfonos móviles, tabletas o cámaras web, y luego sube a redes sociales públicas o privadas’; las alternativas en español serían “autorretrato” (formado por el prefijo “auto–” y el sustantivo “retrato”: ‘Fotografía de una persona’) y “autofoto” (formado por el prefijo “auto–” y el sustantivo “foto” como forma abreviada y coloquial de “fotografía”), que poco tienen que hacer ante la brevedad y sonoridad del anglicismo.


Como indica la Fundéu, «Puesto que la forma inglesa en textos españoles se emplea en masculino y en femenino (“el selfie” / “la selfie”), y en tanto el uso mayoritario se decante por una u otra forma, la adaptación “selfi” (plural “selfis”) puede considerarse también ambigua en cuanto al género, como el/la mar, el/la armazón y otras muchas palabras».


Aunque su irrupción en el lenguaje general y en el de los medios es relativamente reciente, el término “selfie” comenzó a utilizarse antes del surgimiento de las principales redes sociales: en el año 2002, el australiano Nathan Hope hizo historia inconscientemente cuando, tras una noche de fiesta para celebrar el 21.º cumpleaños de un amigo, se emborrachó tanto que sufrió un tropezón, se golpeó la boca en un escalón y se hizo tal corte que tuvieron que ponerle puntos. Unos días después, en un foro le preguntaron por las suturas solubles, que le estaban provocando irritación; publicó una foto de los puntos de su labio inferior junto con el siguiente texto: «Y perdón por el enfoque… era un “selfie”». La etiqueta #selfie no tardó en difundirse en Flickr, precursor del actual Instagram tan apreciado por la prensa rosa.


No obstante, esta formación semántica no surge de la nada ni al azar: quien esté familiarizado con el inglés de Australia estará acostumbrado a sus típicas abreviaciones terminadas en “–y” o “–ie”, como “kindie” (de “kindergarten”), “postie” (de “postal worker”) o “Aussie” (término jergal para “australiano”); además, el sufijo “–ie”, si bien no siempre tras una abreviatura, está presente en todo el mundo angloparlante (“sweetie”, “Eddie”, “doggie”, “cabbie”, “rookie”) y ha dado lugar a muchas otras variantes de “selfie”:


• Aftersex selfi: autofoto que se hacen las parejas después de haber hecho el amor para publicarla en las redes sociales, sobre todo Instagram.
• Belfie: de “bum”/“bottom”, fotografía del propio trasero (en ocasiones de manera involuntaria), con Kim Kardashian como su máximo exponente.
• Bookshelfie o shelfie: de “bookshelf” (“estantería”), si aparece una estantería con libros por detrás (si la publicación está relacionada con los típicos retos del número de libros leídos en un año puede ser a la vez “shelfie” y “braggie”).
• Bothie: “both” selfie o imagen en pantalla dividida de dos fotos tomadas usando al mismo tiempo las cámaras frontal y posterior de un teléfono.
• Braggie (“hacer una braga”, para los espanglianos más recalcitrantes): de “brag” (“presumir”) si se sube una foto a las redes sociales para fardar ante los contactos.
• Drelfie: “drunk” selfie o autofoto borracho.
• Groufie: “group” selfie o autofoto en grupo.
• Helfie: “hair” selfie o fotografía del cabello propio.
• Shoefie: “shoe” selfie o fotografía de los zapatos propios.
• Surroundie: “surrounding” selfie o fotografía de 360 grados tomada con una cámara especial.
• Usie: “us” selfie o autofoto con más personas.
• Welfie: “work-out”/“wellness” selfie o autofoto haciendo ejercicio.


En España, mientras tanto, haciendo gala de nuestro humor escatológico, hemos aportado el término “autorretrete” (‘Autofoto en un cuarto de baño’).


Como no podía ser de otra manera, la popularización de una actividad ha de traer asociado el consumo compulsivo de productos para aprovechar la moda, como uno de los protagonistas de la génesis del reciente fenómeno de la turismofobia: los “selfie sticks” (‘Alargador que permite tomar autofotos a distancia’, para los que la Fundéu propone las traducciones “brazo extensible”, “brazo extensor”, “brazo alargador” y “paloselfi”) como los del “originalísimo” trono del Museum of Selfies de Los Ángeles. Asimismo, un reciente estudio científico define la “selfitis” como la obsesión compulsiva de autorretratarse en todo lugar.


Puede que la denominación “selfie” surgiera en el siglo xxi, pero mucho antes, en 1839, el pionero estadounidense de la fotografía Robert Cornelius ya realizó un daguerrotipo de sí mismo que se considera la primera “autofoto” de la historia. Como el tiempo de exposición de dicha técnica era muy grande, tuvo tiempo de destapar el objetivo de la cámara, posar durante un minuto o más y volver a taparlo. Lo que no pudo fue colgarla en las redes sociales ni hacer copias, ya que los daguerrotipos son imágenes únicas. La obra fotográfica del pintor noruego Edvard Munch también puede considerarse precursora del “selfie” a principios del siglo xx.


Sesenta años después, Mathew Stiffens registraba la patente del primer “fotomatón” (de la marca registrada Photomaton®: ‘Cabina equipada para hacer pequeñas fotografías automáticamente y en pocos minutos’) y Monsieur Enjalbert mostraba una máquina similar en la Exposición Universal de París para regocijo de los abanderados del movimiento surrealista. En 1925, Anatol Josepho instaló en el neoyorquino Broadway la primera “cabina fotográfica” en su concepto moderno (hoy “vintage”), con su cortinilla para que Clark Kent gozara de intimidad cuando se ponía su traje de Superman, como tantas veces hemos visto hacer al recordado Christopher Reeves.


Incluso Colin Powell, Secretario de Estado de Bush II, se adelantó más de sesenta años al auge del “selfi” con esta foto que habría hecho las delicias de los amantes de los filtros retro o sepia.


Siglos antes de la invención de la fotografía, como explica Clara González Freyre, «un valiente Andrea Mantegna se autorretrató en su Presentación en el templo como un curioso que observa la escena desde el ángulo derecho, y lo mismo hizo después su cuñado Giovanni Bellini, que prácticamente reprodujo la obra añadiendo su propio autorretrato. El Entierro del Conde de Orgaz esconde no solo el autorretrato de El Greco, sino el rostro de su propio hijo. Y artistas como Van Eyck fueron los precursores de la foto-espejo como recurso para ocultar su propio retrato, como en El matrimonio Arnolfini, en el que se coloca a la altura del espectador, como si fuera uno más. Rembrandt, el genio del barroco holandés, inmortalizó su propio rostro en más de 80 ocasiones a lo largo de su vida, ya fuera empleando el óleo, el dibujo o el grabado; además, estos retratos tienen un profundo estudio psicológico que permite conocer no solo el avance de los años en su fisionomía, sino los cambios en su ánimo; fue un pionero en el mundo de los “selfis” y se atrevió con todo tipo de poses: poniendo morritos, sonriendo, serio, con pose desenfadada…».


Retrotrayéndonos aún más en el pasado, como relata Carlos Manuel Sánchez en XL Semanal, «La tecnología (que no la idea) puede ser nueva, pero la necesidad de mostrarnos a los demás viene de lejos: hace cuatro mil años, los humanos estampaban sus manos manchadas de ceniza en las paredes de las cavernas; Velázquez se pintó a sí mismo en Las Meninas; por no hablar de la obsesión de Van Gogh por su propio rostro. El auge de la “autofoto” está vinculado al creciente narcisismo de nuestra época; estos adelantos tecnológicos han coincidido con un aumento del número de personas que viven solas; por un lado, tomas tu foto porque no tienes a nadie que lo haga por ti; por otro, la subes a la Red para demostrar que estás en el mercado: sentimental o laboral. Es decir, ”‘selfie’, luego existo”: lo primero que hizo nada más llegar a urgencias un adolescente que sobrevivió a una matanza en un instituto de Pensilvania fue colgar en Instagram su autorretrato vestido con un pijama hospitalario, pero su frivolidad no tardó en verse superada por la moda de los “selfies” con un sintecho (perdón, “homeless”) en segundo plano o los risueños “autorretratos” en mitad de un funeral (hasta Obama lo hizo en el de Mandela junto al primer ministro de Gran Bretaña, David Cameron, y a la primera ministra danesa, Helle Thorning-Schmidt)».


En esa misma revista tenemos un buen ejemplo en el columnista Carlos Herrera y su criticada autofoto frente a la sala Bataclan en París tras los atentados del 13 de noviembre de 2015.


También fue muy comentado (sugiriéndole que se diera una ducha) el sonriente autorretrato de la malcriada alabamiense (de Roanoke, que tuvo su pequeño papel en el genocidio indígena) “Princess” Breanna Mitchell en el campo de concentración de Auschwitz (acompañado del emoticono de la carita feliz) del 20 de junio de 2014; el auricular del iPhone colgando realzaba la idea de que deambulaba sin sentido por el campo de exterminio nazi al ritmo de su propia banda sonora, pisoteando el recuerdo de quienes fueron exterminados en tan horrendo genocidio, y tampoco fue muy edificante que, lejos de arrepentirse, se dedicara a celebrar haberse hecho famosa con la viralidad de su publicación.


Aunque ya sabemos que en general nuestros arrogantes amiguitos del otro lado del Atlántico no suelen ser muy sensibles a las tragedias que no ocurran dentro de sus fronteras (salvo los acólitos del NRA, que no son sensibles a ninguna tragedia), está claro que, como describió de manera elocuente el poeta T. S. Eliot, «vivió la experiencia, pero se perdió el significado» o, en palabras algo más ásperas de Arturo Pérez-Reverte, «Lo de menos es averiguar las causas y las consecuencias. La foto capturada con nuestro teléfono móvil, el acto mecánico de tomarla, sustituye a todo lo demás. Así podemos pasar por Auschwitz como los rebaños de borregos que somos, sin detenernos ni hacer preguntas, como pasamos frente al Coliseo de Roma, Las Meninas, la plaza de las Torres Gemelas de Nueva York, el tipo al que acaban de dar un navajazo y se desangra en el suelo, el coche despanzurrado en la carretera con cuatro pares de piernas asomando bajo las mantas. Sin mirar apenas, sin indagar siquiera qué ha pasado allí. Sin importarnos un carajo lo que vemos. Clic, clic, clic. Es gratis y no requiere esfuerzo. Luego seguimos adelante, a lo nuestro. Ya lo analizaremos otro día. Y si no, tampoco pasa nada. Tener la foto es lo que cuenta. Archivarla estérilmente con el resto del mundo y la vida. Un instante de imagen. Luego, nada. El vacío absoluto. La anestesia del olvido. Y es que ya no miramos directamente la realidad. Ni siquiera lo creemos necesario. Las imágenes, sean de horror o de felicidad, solo interesan para su posterior reproducción y difusión. Es nuestro minuto de gloria. Colgar fotos en Instagram y vídeos en Youtube se ha vuelto objetivo de nuestras vidas, como esos corredores de los encierros taurinos que, en vez de disfrutar con la adrenalina y el peligro, van con el móvil en la mano intentando grabar al toro; o las docenas de imbéciles y cobardes que graban en sus teléfonos la paliza mortal a un desgraciado en lugar de evitarla. Hasta una violación grabaríamos, como por otra parte ya se ha hecho. Cuanto hacemos está destinado a ser testimonio turístico: yo estaba allí, mira lo que comí ese día, mira cómo le sacudían a ése, mira cómo se desangraban las víctimas del terrorista. A ver si conseguimos hacerlo viral, oye. Que lo vea la familia, los amigos. Que lo vean todos, y por supuesto que me vean. Incluso los que no me conocen y a quienes importo un carajo. Se sonríe ante la cámara, incluso se hacen gestitos divertidos y posturas simpáticas, una pierna por alto, un ojo guiñado y todo eso, lo mismo si tienes detrás la torre Eiffel que media docena de fiambres de patera ahogados en una playa».


Como respuesta a este tipo de comportamientos en lugares que no deberíamos considerar como escenarios de nuestro narcisismo, surgieron páginas como Selfies at serious places (Jason Feifer); Yolocaust, en la que el artista israelí Shahak Shapira editó las fotos más insensibles tomadas en el Monumento a los judíos de Europa asesinados (Berlín), cambiando el fondo por imágenes de los campos de concentración; así, el espíritu arrogante de los “selfis” se yuxtapone a la angustiosa realidad de las pilas de cadáveres judíos. O el reportaje fotográfico titulado The Quiet Dignity of Tourist at The 9/11 Memorial (La silenciosa dignidad del turista en el monumento conmemorativo del 11 de septiembre), que ilustra la grosería de la cultura del “selfi” y se pregunta por la necesidad real de hacernos una autofoto en un monumento conmemorativo.


Por su parte, Protección Animal Mundial ha difundido su “código selfi” de buenas prácticas para fotografiarse con animales y evitar el daño que se les puede causar por el precio de unos cuantos me gusta en las redes sociales.


A la vista de ese narcisismo, cabe preguntarse si el parecido de “selfie” con “selfish” /ˈsɛlfɪʃ/ (“egoísta”) va más allá de una mera casualidad, como explica Nicolás Melini en El País: «No es lo mismo llegar a un lugar y estarse ahí disfrutándolo o sufriéndolo (como haría cualquiera de nuestros antepasados), que llegar a un lugar, hacerse un “selfie” y publicarlo en las redes sociales (como hacemos ahora). En nuestro caso, nos apropiamos del espacio y lo convertimos en parte de nosotros, lo integramos en la publicidad de nosotros: lo colonizamos para nuestros intereses. El lugar en el que nos encontramos se devalúa tanto que llega a desaparecer y solo hay yo yo yo yo en la imagen. Si nos estamos fotografiando delante de La Gioconda o del Gran Cañón del Colorado (sin ni siquiera mirarlos, más interesados en nuestra imagen en la pantalla), La Gioconda y el Gran Cañón del Colorado significan “yo”, los hacemos parte de nosotros. Ya hay quien se fotografía haciendo cualquier disparate justo antes de accidentarse y morir».


También en El País, Eduardo Nave abunda sobre este mismo aspecto: «Da igual el escenario, lo que importa es publicarlo y tener muchos “likes”». João Fernandes, subdirector del Museo Reina Sofía, también se muestra crítico con el “selfi”: «Cada vez más visitantes sienten que la experiencia en una exposición es incompleta si no pueden hacerse fotos. La gente quiere ver lo que los demás han visto, estar donde los demás han estado. Muchas veces el público visita sitios pero no los ve, se hacen la foto solo para decir “yo he estado allí”. Si el objetivo es poner en circulación una foto, se trata de una forma más de propagación del consumo». No por nada el Urban Dictionary recoge el término “narcissistick” (‘Palo sin sentido usado por tontos narcisistas para tomar fotos de sí mismos cuando su mano no les es suficiente’) como alternativa a “selfie stick”.


Ya en tono de humor, en El Jueves les llama la atención que «Por alguna razón, muchas chicas creen que poner cara de pato las hace parecer sexys [sic]» y que lo que «Antes se llamaban “autofotos” y eran de “chonis”, ahora las hacen los famosos y se llaman “selfies”» y aprovechan para mostrarnos su particular galería de los horrores del “selfi” y promocionar «Una aplicación que te pone cara de imbécil automáticamente al hacerte una “selfie”».


También ironizan en esta revista satírica sobre los “selficidas”, esas personas que sienten el irresistible impulso de conseguir la foto más difícil y se autorretratan al borde de precipicios, con pistolas cargadas o en las vías del tren.


Y es que los “selfis” pueden ser peligrosos. Un corredor fue corneado hasta la muerte cuando intentaba hacerse un “selfi” en un encierro en Pamplona. En la India, un joven de 15 años que se fotografiaba a sí mismo con el arma de su padre murió al apretar accidentalmente el gatillo en lugar del pulsador de la cámara. Un “youtuber” de Minnesota falleció cuando su mujer le disparó a bocajarro mientras grababan un vídeo en el que querían demostrar que el libro que él tenía sobre el pecho detendría la bala; querían alcanzar con ello una legión de suscriptores en YouTube. Dos padres polacos que se tomaban un “selfi” se precipitaron por un acantilado en Portugal y murieron delante de sus hijos.


El número de heridos y fallecidos intentando hacerse un “selfi” espectacular es tan alto que ya tiene su propia entrada en Wikipedia con un listado de accidentes, mortales o no, con preponderancia internacional de La India y EE. UU.


Podemos aislarnos de nuestro entorno, perder la atención y anular el sentido común en pos de la imagen perfecta. De 2015 en adelante han muerto más personas a causa de “selfis” que, por ejemplo, por ataques de tiburones; los ahogamientos, los medios de transporte, las caídas y los incendios constituyen las razones principales de las muertes causadas por “selfis” en todo el mundo (en el caso de los EE. UU. la causa más común, oh sorpresa, son las armas de fuego). ¿Qué grado de riesgo estás dispuesto a asumir para conseguir el “selfi” definitivo en la cima de una montaña, delante de un tren o con un animal salvaje? La búsqueda ciega de la imagen perfecta, ignorando nuestro entorno y contexto, puede traer graves consecuencias.


Según un estudio publicado por el Journal of Family Medicine and Primary Care, entre octubre de 2011 y noviembre de 2017 unas 259 personas en todo el mundo (en 137 incidentes) murieron mientras se sacaban autofotos, se registró además un crecimiento exponencial (desde los tres fallecidos en 2011 hasta los 98 del 2016) y una proporción abrumadora de accidentes en los tramos de edad de 10 a 19 y 20 a 29 años (el 72 % de las víctimas registradas fueron masculinas —pese a que las mujeres estadísticamente se sacan más autofotos que los varones— y menores de 30 años).