viernes, 11 de agosto de 2017

Puta RAE kakakulopedopis

Penúltima reflexión sobre el iros-gate.

El pasado 16 de julio, el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte, miembro de la RAE desde 2003, adelantó extraoficialmente en la red social Twitter, en respuesta a una consulta de otro usuario, que dentro de unos meses la Real Academia registrará «iros» como variante del imperativo pronominal de la segunda persona del plural del verbo «ir», cuando hasta ahora sólo se consideraba correcta la forma «idos» (imperativo del verbo «ir» más el enclítico «-os»). El director de la Academia Darío Villanueva lo confirmaba poco después, a falta de completar el proceso en las academias americanas. Como explicó más tarde el también académico Félix de Azúa, la idea partió del propio Pérez-Reverte junto con otros novelistas, pues «Nadie escribiría “idos a la mierda”, sino “iros a la mierda”».


La validez de este rotacismo (la conversión en consonante rótica /r/ de un fonema que no lo es, como la «-d» en este caso, para facilitar una pronunciación más cómoda o relajada) llega algo tarde, pues la mayoría de los hablantes peninsulares ya se habían decantado espontáneamente por la opción «iros» desde hace tiempo. Y digo «hablantes peninsulares» porque la única variedad del español que diferencia entre «ustedes» y «vosotros» en la conjugación es la peninsular (y no en todo el territorio, puesto que la «-d» final se aspira o no se pronuncia en gran parte de España, sobre todo la meridional), lo que corresponde aproximadamente al 5 % de los hispanohablantes, y es ajena al resto (Canarias y América), donde dicha persona gramatical, tanto en el uso de confianza como en el de cortesía, es «ustedes», por lo que en lugar de «idos» se utiliza «váyanse» o «vayasen».

Y la cosa se complica todavía más en Andalucía, (como si el ínclito Huan Porrah no la hubiera complicado lo suficiente con su traducción de Er Prinzipito), ya que en la zona occidental utilizan «ustedes» en el registro informal, pero se conjuga tanto en la tercera persona del plural («¿Ustedes a qué hora se “van”?») como en la segunda, como si estuvieran diciendo «vosotros» («¿Ustedes a qué hora os “vais”?»).


Como la lengua no es cuestión de mayorías y las disyuntivas gramaticales no se pueden dirimir de manera asamblearia, por mucho que se empeñen algunos, fue cuestión de segundos que los tuiteros y blogueros (sobre todo los peninsulares) blandieran sus navajas para retarse a un duelo del que todavía quedan rescoldos, como es habitual cada vez que la RAE se pronuncia sobre cualquier materia de su incumbencia.

A un lado, quienes consideran que no todo vale cuando impide una comunicación efectiva o contradice la norma culta, la etimología o la elegancia. Por desdicha, muchos olvidan o desconocen que la RAE, si bien más tarde que temprano (a la espera de ver si un uso determinado realmente arraiga o si se trata de una moda pasajera), suele dar por válido lo que adquiere un uso general, y que su Diccionario hace tiempo que dejó de ejercer la (¿antipática?) función normativa que algunos se obstinan con añoranza en continuar otorgándole. También están quienes esgrimen argumentos incontestables como el de la «almóndiga» o el de la «cocreta» (cuya supuesta inclusión en el DLE es uno de los temas recurrentes para atacar a la RAE o a quien se ponga por delante), e incluso, perdiendo de vista la etimología (y la metátesis), el del «crocodilo» o el del «murciégalo». Esos «almóndiga» y «murciégalo», junto con «toballa» y «asín», son útiles para discernir entre quienes saben utilizar un diccionario (es decir, quienes se fijan en las marcas «desus.» —«desusado»— o «vulg.» —«vulgar»—) y quienes se limitan a afirmar rotundamente que la palabra «existe» o que «está en la Real Academia “de la lengua”». Y es que, pese a la extendida idea de que lo que se incluye en el DLE es ley, no todas las más de 90 000 palabras que recoge son «adecuadas».


En el otro bando (y digo «bando» porque leo palabras como «bandera», «enfrentamiento», «batalla», «guerracivilismo» o «las dos Españas» en sus escritos), los «punkis» [sic] de la gramática; los «terroristas» [sic] lingüísticos a quienes no les importa «un pedo» ni «un cagao» que los «putos señores» de la RAE acepten «movidas», porque han «atendido “lo suficiente” en la carrera» (mejor les habría ido si no se hubiesen conformado con el suficiente… y si hubieran atendido algo en aritmética —o tragaran menos fúmbol—, para no quedar en evidencia con expresiones como «minuto 0»); rebeldes y revolucionarios [sic] que «estudian “cosas de la lengua” con corrientes más actuales y más acercadas a “lo que viene siendo” [sic] la ciencia de la lengua»; «piratas» [sic] que publican comunicados oficiales de la RAE; y otros acólitos defensores de la teoría (perdón, certeza irrefutable) de la evolución natural de la lengua (como si además de evolucionar no pudiera también involucionar o degenerar). Todos ellos «flipan to locos» ante «la posición maximalista y ultraconservadora de los guardianes de las esencias puras». Llama la atención que hagan gala de su mala ortografía, gramática y sintaxis, y presuman por ello de «transgresores» (punkis, terroristas, piratas…), probablemente como forma torpe de ocultar sus carencias.

Conviene precisar que, por mucho que se empeñe alguna lingüista «canalla» un poco pez en lexicografía, ni «idos» ni «iros» aparecen ni aparecerán en el diccionario académico, que sólo registra los verbos por su forma de infinitivo (es decir, «ir»), no las combinaciones de formas verbales con pronombres, ni tampoco en el cuadro de conjugación correspondiente, ya que esos cuadros no registran las formas verbales con pronombres enclíticos. Sí registra, irónicamente, el adjetivo «ido» (Dicho de una persona: Que está falta de juicio), lo cual también ha contribuido al uso mayoritario de «iros», puesto que el hablante tiende a evitar la homonimia. Y parece ser que en breve también recogerá «postureo» (‘Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción’), que viene muy al caso para describir a esos lingüistas «mondos y lirondos».


Paradójicamente, como se puede comprobar en sus textos, los argumentos más groseros e iracundos partieron de estos «lingüistas serios», que finalmente optaron por cerrar filas mofándose de cualquiera que discrepara, con lindezas como «purista», «tradicionalista», «lego», «clasista», «nostálgico recalcitrante» o simplemente «“unx” gilipollas», e imaginativos motes como «El Último Macho Ibérico» o «fanboy [con síndrome de Estocolmo lingüístico]» (variedad que entrará sin duda en la próxima edición del DSM para regocijo de las compañías farmacéuticas y los troles de patentes, que podrán sacar nuevas pastillitas).

Me recuerdan a la famosa escena de El indomable Will Hunting en la que éste le canta las cuarenta a un estudiante de Harvard que, intentando impresionar a unas compañeras, recita de memoria un fragmento del historiador Pete Garrison. El bueno de Will le advierte de que en poco tiempo le dirán que tiene que creer en en James Lemon, después en Gordon Wood… Si cambiamos Historia por Lingüística y Harvard por la universidad española post-LOGSE (sí, ya sé que es mucho imaginar), también podemos cambiar Pete Garrison por Noam Chomsky, James Lemon por Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf, y Gordon Wood por John Hamilton McWhorter (por ejemplo). Facilita mucho las cosas y simplifica mucho la vida que alguien te diga en qué o en quién tienes que creer; después basta con acodarse en la barra del bar, ponerse un palillo en la boca y repetirlo como un papagayo.


Para quien no considere necesario permanecer siempre ofendido y desee leer una explicación más cabal y coherente, recomiendo el oportuno artículo de Juan Romeu en Sin Faltas, sobre todo su punto 10: «Hay que tener en cuenta que la RAE está formada por profesionales de la lengua que llevan más tiempo que nosotros dándole vueltas a los problemas del español. Antes de contradecir lo que proponen, sería necesario leer más, conocer mejor la gramática y, sobre todo, ser lo suficientemente inteligentes como para pensárselo dos veces antes de opinar públicamente de lo que no se sabe, por mucho que, como usuarios de la lengua, creamos que sabemos tanto como los lingüistas. Como en todo, hay unos que son más expertos que otros en determinados asuntos y lo normal, educado, prudente y cívico es, como poco, respetar la opinión de estos expertos».

Para el académico Luis Mateo Díez, «esta proliferación de opiniones significa que la gente se preocupa por la lengua». Sin embargo, como escribía Francisco Ríos en La Voz de Galicia, «Qué pena que no se aprovechen más estos espacios públicos para el debate sereno, donde se aporten argumentos y reflexiones. Claro que para eso hay que tener opiniones fundadas y razonamientos sólidos».


Lo que está claro, como dijo la lexicógrafa Erin McKean en su charla TED en 2014, es que «Todos los que hablan una lengua deciden juntos lo que es una palabra y lo que no; cada lengua es simplemente un grupo de personas que se ponen de acuerdo para entenderse mutuamente». Y son esas mismas personas quienes, como comunidad de hablantes, establecen de manera natural un acuerdo básico para entenderse, unas normas de convivencia lingüística cuyo aprendizaje requiere un esfuerzo pero que convierten a la lengua en un instrumento válido de comunicación. Ese «acuerdo básico», que también podemos denominar «norma» o «reglas», es tan nuestro, de cada hablante, como de la RAE o cualquier otra institución con papel orientador. Así, pretender asimilar como «evolución» o «uso mayoritario» lo que no es sino comodidad o desinterés no enriquece el idioma, sino que lo envilece. Simplificar ese «acuerdo básico» es justamente la tendencia de los últimos años de nuestro sistema educativo: bajar el listón, igualar por abajo, tratar al ciudadano como si fuera idiota, halagar al hablante poco escrupuloso. Si seguimos con esta tendencia, llegará un día en el que, cuando consultemos alguna duda a @RAEconsultas o @Fundeu nos respondan con un «ola k ase pa k kieres saver eso jajaja besis».

En un infructuoso intento de calmar los ánimos, al día siguiente del tuit de Arturo Pérez-Reverte la Academia difundió una nota en la que se situaba en un terreno intermedio (es decir, de todos o de nadie, según el sentido común y la amplitud de miras de cada uno): la norma culta, aclaraba, sigue prefiriendo «idos», pero puede darse como válida la opción «iros», extendida incluso entre hablantes cultos, ya que para muchos suena artificial y hasta violenta. No obstante, no hay que confundir el «iros» imperativo con el infinitivo, ya que éste siempre ha sido correcto y no se puede sustituir por «idos» (por ejemplo, en perífrasis de infinitivo como «Podéis “iros” todos al infierno» o «Teneis que “iros” ahora mismo» —véase cómo en este caso podemos decir «“Os” tenéis que “ir”», pero «“Os” tenéis que “id”» no sería coherente—). Además, el imperativo pronominal «iros» es una excepción que no debe extenderse ni al imperativo «id» (en este caso no hay ninguna razón para cambiar la «-d» por la «-r») ni a otros verbos, con lo que formaciones como «callaros», «marcharos» o «sentaros» siguen considerándose vulgares, mientras que lo aceptable sigue siendo «callaos», «marchaos» o «sentaos», ya que las formas de imperativo de la segunda persona del plural correspondientes al pronombre «vosotros» pierden la «-d» final cuando se añade el pronombre enclítico «-os» (amad > amaos, comed > comeos, venid > veníos). Estos hiatos (a-o, e-o, i-o) implican una cierta incomodidad articulatoria para los hispanohablantes, lo que favorece, al menos en ciertos registros, la aparición de una consonante «antihiática» que normalmente es la «r», y no por casualidad, sino por ser precisamente la terminación del infinitivo), con la excepción del verbo «ir», que debido al escaso cuerpo fónico de la arcaica forma esperable «íos» mantiene la «d» de «id», dando lugar a la forma «idos» (aunque la lengua funciona en gran medida por analogías, con lo que probablemente el vulgarismo —¿o simplemente «coloquial» o «informal»?— «iros» terminará por contagiar a todo el paradigma).


La propia RAE viene insistiendo desde hace mucho en que «El Diccionario no autoriza el uso de las palabras, sino que lo refleja». En el caso de «iros», su uso está sumamente extendido en la lengua coloquial de España y la Nueva gramática de la lengua española (2009) ya lo recogía en § 4.13i, del mismo modo que atestiguaba el de «irse» en ciertas variantes de la lengua popular peninsular, dando a entender que no censuraba ninguna de las dos, pese a no estar bien formadas gramaticalmente (la forma pronominal correspondiente a la segunda persona del plural es «os»; por tanto, ni «se» ni mucho menos «sus» —«irsus»— o «sen» —«irsen»— son formas correctas, como tampoco lo es «veros», que es otro verbo diferente). Como indicaba días después Pedro Álvarez de Miranda, «Lo que la Academia señalaba al respecto tanto en la Nueva gramática de la lengua española como en el Diccionario panhispánico de dudas era tan exacto y razonable que no requería modificación alguna. Su aparición en un mensaje no depende del nivel de lengua (que viene dado por la posición sociocultural del hablante), sino del nivel de habla o registro (que depende de la situación comunicativa); un escritor que quiera reflejar el idioma real por boca de sus personajes o por la propia no necesita que nadie le dé “permiso” para hacerlo».

Lo que hace tan confuso a este verbo en apariencia tan pequeñito (amén de su etimología, mezcla de varios verbos latinos: algunas formas vienen del verbo «ire», otras de «vadere» y otras de «esse») es precisamente su brevedad (o «escaso cuerpo fónico»). La lengua española no tolera que una palabra léxica (sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio) experimente tal reducción de su sustancia fónica que llegue a consistir en una simple vocal (en la forma «íos» el verbo propiamente dicho queda reducido a la vocal tónica «í»), lo cual provocó la aparición de esa consonante epentética «d» que, pese a venir recuperada del propio imperativo, se desviaba del paradigma de los imperativos y resultaba forzada, extraña o cursi, por lo que el hecho de cambiar esa «d» por una «r», también epentética, no tiene nada de excepcional, sobre todo si tenemos en cuenta que, para muchos, esa «r» establece más rotundidad en el imperativo.


Donde quizás la RAE no esté teniendo visión de futuro es en su intento de que el imperativo pronominal «iros» se quede en una mera excepción a las reglas de flexión verbal sin extenderse ni al imperativo «id» ni a otros verbos. Por mucho que queramos mirar hacia otro lado, es un hecho que las formas de imperativo se van cambiando por las de infinitivo, ya que pocos hablantes se toman la molestia de pronunciar esa «-d» final y muchos la sustituyen por la «-r», más familiar y fácil de articular (incluso por escrito, como los «ser felices» y «ser malos» de Pedro Sánchez, aunque el mundo de la política, por lo menos la española, no suele ser muy buen ejemplo). Además, el infinitivo sirve muchas veces para dar instrucciones, es decir, para algo muy parecido a lo que se pretende con el imperativo, que es dar órdenes; por eso en las puertas se lee «Empujar» y «Tirar» (o «Jalar»); y también tenemos el uso del infinitivo con valor de imperativo cuando va precedido por la preposición «a» («a correr», «a dormir», «a callar»). Está claro, pues, que la «-d» final del imperativo está condenada a desaparecer; queda por ver si será sustituida por la «-r» o si simplemente desaparecerá, como en el voseo rioplatense («vení», «tené», «comprá») que, por cierto, también reconoce la Academia.

Y donde es innegable que la RAE está haciendo una labor encomiable en pro de la lengua es en el mantenimiento de todo el material y utilísimas herramientas en línea a disposición de quien los quiera consultar. Un buen ejemplo es el Corpus del Español del Siglo XXI, que registra cada año 25 millones de formas (no palabras), provenientes en un 70 % de Latinoamérica y en un 30 % de España. La Academia analiza sus decisiones a través de esta base de datos, con lo que se asegura que estén ancladas a la realidad de la lengua en mucho mayor medida que el Ngram Viewer de Google Books y, por supuesto, que estadísticas de aprendiz extraídas de Twitter. Cuando en la RAE debaten sobre cualquier cuestión echan mano de esta base de datos, que ya tiene casi 300 millones de formas, con procedencia oral (radio, televisión, música) y escrita (literatura, medicina, política), junto con datos de dónde se ha usado cada una y cuántas veces. Así, los debates tienen un fundamento sólido. En su empeño por mantener la frescura de la lengua, la RAE elimina términos en desuso desde el siglo XV e incorpora nuevas palabras, que han de reposar al menos siete años como garantía para evitar las expresiones pasajeras. Por algo decía Gabriel García Márquez, pionero en la corriente a favor de simplificar la ortografía y la gramática, que «Todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado».

viernes, 23 de junio de 2017

Archisílabos III


Algún lector habrá que recuerde la serie que aquí inicié ¡hace ya 13 años! y de la que este artículo es su tercera entrega. Me había empeñado en reunir esas palabras que se van incorporando al uso cotidiano del hablante y que, preferidas por su mayor largura o inventadas a fuerza de estirar el número de sus sílabas, bauticé como archisílabos. Aún siguen rodando, y con tal naturalidad que ya casi nadie reconoce ni usa el vocablo más corto del que procede o al que viene a suplir. Si entonces recopilé cerca de 200, ahí va otro buen puñado de archisílabos que quedaron sin mencionar.

Echemos la red en ese caladero de términos que nacen de pegar a otro la desinencia –ción. Así obtendremos la limitación en lugar del «límite», la estimulación para indicar el mero «estímulo» (lo mismo que la incentivación ha dejado atrás al artificioso «incentivo»), la formulación por la «fórmula» o la capacitación en vez de la «capacidad». La «compatibilidad» de funciones se dobla para algunos en compatibilización, ahí es nada. Somos objeto de actuaciones administrativas, es decir, de algo más que simples «acciones». El médico nos da una citación y no una «cita» vulgar. En la calle no leemos «rótulos», sino rotulaciones, de parecida manera a como el hombre del tiempo anticipa que habrá «lluvias», sí, pero sobre todo precipitaciones.

¿Y por qué volver a los gastados «nombres» cuando tenemos a mano las denominaciones? A ver quién se contenta con una «característica» si puede pronunciar caracterización, o con un «enunciado» teniendo al lado una enunciación o con un rápido «contraste» estando ya dispuesta la contrastación. Les juego doble contra sencillo a que descubren por todas partes individuos con motivaciones, pero sin apenas «motivos». Ya verán cómo la complementación acaba engullendo al «complemento», la expoliación al «expolio» o la exterminación al «exterminio». Quien esto firma ha escuchado renunciaciones en vez de «renuncias» y hace poco dio un respingo al enterarse de que una empresa había alcanzado una mejorización, que no «mejora», de sus resultados. Rizando el rizo, en cierto impreso oficial se escribe exceptuación para señalar una «excepción».

Los verbos ofrecen un buen pasto a la afición archisilabizadora. Ahora nos prestamos a referenciar, para no ponernos a «referir», «aludir», «citar» o «nombrar», que son términos más humildes por más breves (y, en lugar de lo referido, etc., lo referenciado). O a regularizar, cuando a menudo lo propio sería «regular» y hasta «reglar». O a sobredimensionar, para evitarnos «ampliar» o «exagerar», lo mismo que hay que hostilizar al contrario que hasta ahora nos limitábamos a «hostigar». No nos conformamos con el modesto «formar» lo que haga falta y recurrimos en cambio al conformar (y es que la conformación deja en la boca un regusto más rotundo que «forma»). El comportarse de un modo u otro ha vuelto casi ridículo al «portarse», el desvincular debe prevalecer sobre el «desatar» o «separar» y penalizar exhibe el empaque que le falta a «castigar». ¿Y aún no han oído recepcionar para dar lustre a los trillados «recibir» o «acoger»?

George Orwell ya sabía algo de este fenómeno y no dejó de denunciarlo en su día. Lo que pasa es que la regla que dictó para la buena prosa en inglés («Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta») parece que no vale hoy para el hablante ordinario de español. Ni siquiera para los sumos sacerdotes de la palabra pública, el político y el periodista. Contagiados de la jerga empresarial, solemos priorizar alguna tarea respecto de otras, porque no nos basta con «primar» esa tarea. Pero también nos conviene flexibilizar nuestras posiciones, que es como «adaptarlas» o «amoldarlas» a lo necesario, a fin de no tensionar —o sea, «tensar»— las cosas y evitar esos tensionamientos que antes eran «tensiones». Que a nadie se le ocurra «interactuar» con otros, porque ahora se lleva interaccionar, ni «objetivar» una situación cuando está en sus manos objetivizarla. Les gustará saber que hay quienes se dedican a compartimentalizar sus trabajos. Y en cuanto me entere de qué significa modelizar o sustancializar, se lo cuento.

Llevo años indagando el misterio de que la gente, tan poco dada a vicios intelectuales, se pase el día disfrutando en medio de abstracciones como éstas que colecciono. Porque habrán notado que las personas ya no gozamos de «crédito» (salvo del bancario, en todo caso), sino de credibilidad, ni cometemos «faltas», «delitos» o «deslices», sino como mucho irregularidades. Donde antes se palpaba el «peligro», ahora todo se carga de peligrosidad, lo mismo que el pedante ya no relata un «hecho» sino más bien una facticidad. ¿Qué había en nuestra relación personal, afectividad o un simple «afecto»?; y el temblor colectivo que aquel día nos invadió, ¿era de «emoción» o de emotividad? Cuando algún engranaje de nuestro organismo falla, ¿hemos sufrido una «disfunción» o suena mejor una disfuncionalidad? Quizá no me crean, pero hay estiramientos verbales que convierten al «significado» (ya travestido como significación) en pomposa significatividad y al «atractivo» de alguien o de algo en una atractividad irresistible…

No piensen que hemos agotado la cosecha de archisílabos. Se reproducen a diario. Cuando se informa de que una manifestación ciudadana tuvo un seguimiento de tantos miles, quiere decirse que suscitó una «respuesta» o «adhesión» así de numerosa; hay muchas comisiones llamadas de seguimiento porque esta voz le gana en sílabas a «control», que es el cometido encargado a tales comisiones. Tampoco hacemos «méritos», sino merecimientos, unos méritos más largos; y una «acogida» muda con frecuencia en acogimiento. Cualquier «aumento» del número de parados o de algún índice económico queda al instante transformado en incremento. Para no abrumarlos, me aceptarán en fin que el adjetivo existente (y no digamos lo realmente existente) o está de más o equivale a «real» y «presente». Claro que mi versión de todo esto, más que «aproximada», resulta tan sólo aproximativa

Así las cosas, rebosantes de términos ampulosos, nuestros discursos se vuelven a un tiempo más largos de palabras y menos sobrados de ideas. Váyase lo uno por lo otro, dirán los necios, aunque me temo que lo uno busca tan sólo encubrir lo otro.

lunes, 12 de junio de 2017

Otros palabros (XLX): Aditivar / aditivado


Son numerosas las páginas y foros en los que se explica o se debate la necesidad o no de “aditivar” el gasóleo, el hormigón y otros productos, de los “combustibles aditivados”, etc.
Se trata de neologismos bien formados a partir del sustantivo “aditivo” (‘Sustancia que se agrega a otras para darles cualidades de que carecen o para mejorar las que poseen’); no obstante, cabe preguntarse si nos encontramos ante vocablos necesarios para nuestra lengua, es decir, si cubren algún vacío por no haber ninguna otra palabra precisa y adecuada para referirnos a los mismos conceptos.
Parece evidente que el verbo “aditivar” es equivalente a otros verbos como “añadir” o “adicionar”, y que el adjetivo “aditivado”, teniendo en cuenta la definición del párrafo anterior, no es sino un término publicitario más para vender como novedad algo ya conocido desde hace tiempo, simplemente buscándole una denominación más aparatosa en lugar de “mejorado” o “potenciado”.
No voy a ser yo, ahora que vuelve a ponerse de moda aplicar a la lingüística las teorías darwinistas de la evolución, quien quite de los labios este sabroso caramelo a los que necesitan de estas creaciones jergales para obtener la satisfacción de sentirse miembros de un grupo exclusivo. No obstante, sí que representaré (perdón, jugaré) el papel (perdón, rol) de agorero del sesquipedalismo puesto que, visto que la evolución cada vez es más rápida, no tardaremos en inventarnos “aditivación” cuando nos aburramos de “aditivo”, lo cual nos proporcionará una oportunidad única de crear “aditivacionar” cuando nos aburramos de “aditivar”, y así sucesivamente.

lunes, 22 de mayo de 2017

El cadáver estaba muerto



Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: «Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido».
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención). Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: «Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos». Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo (o de las manos de otra persona).
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de «nieve blanca», entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes. La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: «Cállate la boca», por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: «El estadio estaba “completamente abarrotado”», «es “totalmente gratis”», «vio un “falso espejismo”», «se aprobó con la “unanimidad de todos los grupos”» (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos “absolutamente felices”, “absolutamente decididos”, “absolutamente seguros”. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice «vamos a resolver este “difícil reto”» está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete. Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.

martes, 16 de mayo de 2017

La corrección de textos: qué es y para qué sirve (II)



María-Fernanda Poblet inició su experiencia laboral en el mundo de la edición, hace más de quince años, en Ediciones Trea, donde fue correctora, redactora y editora. Desde 1999 trabaja por cuenta propia bajo el sello comercial Palabra sobre Palabra y se dedica fundamentalmente a la corrección ortotipográfica y de estilo, aunque ella se define como una profesional altamente especializada en lo que denomina la corrección todoterreno. Se licenció en Filosofía (Universidad de Oviedo), pero la enorgullece más considerarse discípula de José Martínez de Sousa, con quien ha colaborado en la corrección y revisión de varios de sus libros.

«[…] si pagan tarifas de aficionado, obtendrán una corrección de aficionado. ¿O esperan que por el precio de un tetrabrik de Don Simón les vendan una botella de Vega Sicilia?»

Así terminaba mi artículo en el anterior número de La Linterna del Traductor. Tras su publicación, me prometí que intentaría ser más optimista en la segunda entrega, pero me temo que el tiempo (de crisis) que nos toca vivir no ayuda. No solo se nos pide que vendamos Vega Sicilia al precio de Don Simón, sino que, de paso, regalemos un buen jamón ibérico para acompañarlo. La crisis, por supuesto, no afecta solo a los correctores, pero sí hay un factor añadido en este caso que no debe perderse de vista: la corrección se considera prescindible, se convierte en una especie de lujo, casi en un capricho. Si esto sucede, se debe a que el trabajo del corrector no se valora, y empleo aquí la segunda acepción que del verbo valorar proporciona el DRAE: ‘reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o de algo’. A la corrección, hoy en día, no se le reconoce ni estima ni aprecia valor o mérito de ningún tipo en la mayor parte de los casos.

Es lógico que, como correctora, esta situación me preocupe, pero considero que no debería preocuparnos solo a quienes vivimos de esta profesión. Despreciar la corrección no es más que un nuevo indicio de desprecio por la buena escritura. Los mostradores de las librerías siguen llenándose a diario de novedades, pero ¿de cuántas de ellas podemos decir algo tan aparentemente simple como que «están bien escritas»? La teoría que sostiene este despropósito es que no importa la forma, que lo que venden son los nombres (de algunos autores, se entiende), el entretenimiento… Incluso aceptando esto último, ¿tan difícil resulta darse cuenta de que es mucho más agradable y placentero leer un libro bien escrito y cuidado en todos sus detalles que esos productos chapuceros que se fabrican como churros?

Los correctores, y todos cuantos estamos interesados en que nuestro idioma no se maltrate indecentemente, tenemos en la actualidad una misión casi imposible: demostrar que un texto cuidado estilística, ortográfica y tipográficamente tiene un valor añadido (casi diría que, simplemente, tiene valor, mientras que el resto no lo tiene, pero me acusarían de exquisita…).

Para conseguir algún avance en esta misión, quizá debamos comenzar por explicar, una vez más, que ese trabajo «no lo hace el Word». Ni Word ni ningún corrector automático puede sustituir a un corrector humano en todas las tareas que lleva a cabo, y merece la pena detenerse algo en este punto.

Hay distintos tipos de corrección —y, por tanto, de correctores—, aunque desde hace algunos años, por desgracia, se observa cierta tendencia a la desaparición de algunos de ellos o a la fusión de unos con otros, por lo que se está creando un nuevo tipo de corrector: el todoterreno. (Como imaginarán, esta tendencia está estrechamente relacionada con lo que comenté al principio: se busca que un solo especialista haga lo que antes hacían varios, pero, cómo no, por el mismo precio.)

Uno de los tipos de corrección que ya puede considerarse casi una especie extinta es la corrección de concepto, especialmente útil en libros muy técnicos, pero necesaria en cualquier texto. En principio, la corrección de concepto solían correr a cargo de especialistas en la materia de la que tratara la obra en cuestión: a ellos correspondía, por ejemplo, comprobar que el vocabulario técnico que se manejaba fuera el correcto, pero también que no hubiera, por decirlo coloquialmente, «meteduras de pata» en las explicaciones que se daban. Sin embargo, no hace falta acudir a tanta especialización para darse cuenta de la necesidad de este tipo de corrección.

Veamos algunos ejemplos (advertencia: todos los ejemplos que se citan en este artículo son reales): en una novela, al referirse al mes de noviembre, se dice que este forma parte del invierno; en un libro de botánica, se habla de los pétalos de una planta cuando en realidad se trata de sépalos; en un libro de historia se atribuye la muerte de Howard Carter a la famosa maldición de los faraones (si fue así, la maldición le llegó con retraso: descubrió la tumba en 1922 y falleció en 1939)…

Ninguna de estas correcciones tiene que ver con el estilo, con la ortografía o con la tipografía, pero alguien debe hacerlas. Como el corrector de concepto brilla por su ausencia, suele ser el corrector de estilo quien termina señalándolas, pero, ¿debe hacerlo? Desde luego, les aseguro que no le van a pagar un céntimo más por ello, pero entramos en el escurridizo asunto de la ética profesional.

Les entregan la traducción de un interesante libro de viajes del siglo xix. El original está en inglés, y sus conocimientos de este idioma son los justos para apañárselas, es decir, los suficientes para poder recurrir al original cuando una frase «rasca» más de la cuenta en español. La traducción, todo hay que decirlo, no es de un profesional, sino de una voluntariosa estudiante de filología inglesa a quien un familiar le encargó el trabajo (total, como saben los traductores, con un diccionario al lado cualquiera traduce…, ¿verdad?). Comienzan a ser más de las debidas las frases que ya no solo «rascan», sino que hieren la vista. Tras varias consultas al original en inglés, solo quedan dos explicaciones posibles: o los diccionarios de inglés mienten o la estudiante de filología inglesa tiene una gran imaginación. Por supuesto, doy por buena la primera explicación y recurro a alguien que sí tiene los conocimientos que a mí me faltan. La explicación correcta era la segunda: la voluntariosa estudiante resultó ser propietaria de una imaginación desbordante, hasta el punto de que en muchos casos la traducción daba a entender exactamente lo contrario de lo que se decía en el original. Horas de trabajo tiradas a la basura…

Esa ética de la que hablaba deberían tenerla también los autores a quienes encargan un libro (sí, los libros se encargan también), pero no siempre es así, y la disculpa de que el trabajo está mal pagado no me sirve. Si se acepta el trabajo, se acepta para hacerlo del mejor modo posible. (¿Idealismo y falta de espíritu práctico de nuevo? Supongo que sí.) Para ilustrar la falta de ética en cuestión, daré un último ejemplo, de nuevo tristemente real: una corrección «todoterreno» de un libro de texto sobre economía. (Comprenderán ahora por qué los correctores terminamos adquiriendo una cultura general estupenda para jugar al trivial.) No solo hay que consultar los términos específicamente económicos que aparecen a lo largo del texto, sino también los nombres propios de distintos teóricos de la economía. Google es un buen modo de empezar la búsqueda, aunque nunca deberíamos tomarnos al pie de la letra, ni muchísimo menos, lo que por allí pueda aparecer. En este caso no solo encontré el nombre que buscaba: ¡apareció el capítulo entero! Unas búsquedas más, y pude comprobar que varios de los capítulos del libro que estaba corrigiendo habían sido plagiados, con sus comas, sus puntos, su tipo de letra, sus tipos de párrafo, ¡y hasta sus erratas!, de distintas páginas web. El editor tuvo, evidentemente, que encargar de nuevo esos capítulos a alguien con más escrúpulos que el autor anterior. ¿Corresponde ese trabajo al corrector? No. ¿Van a pagarle más por ello? No. Entonces, ¿por qué lo hace? Algunos contestarán, sin duda, que por estupidez, y es posible que algo de eso haya. Yo prefiero pensar que por una cuestión de ética, pero está claro que la ética tampoco es un valor en alza… y no cotiza, ni en bolsa ni en el bolsillo.

¿Quién se ocupa de encontrar estas joyas si no hay ni siquiera un corrector que se lea el original? Les respondo: en la mayoría de los casos, nadie. Aunque pueda sonar increíble, un buen número de los libros que nos encontramos a la venta no han sido leídos, no al menos totalmente, antes de publicarse. Si se ha encargado una corrección, con suerte habrá al menos dos personas que conozcan el libro a fondo: el autor y el corrector. Si algún día se aburren, pueden hacer ustedes mismos una pequeña comprobación: lean las presentaciones, prólogos o textos de contracubierta de algunos de los libros que tengan a mano. Si ustedes han leído ya esos libros, comprobarán que en más de un caso quien escribió esos textos no hizo sus deberes, y de ahí que, especialmente en las contracubiertas, siempre se diga lo mismo: «ameno a la par que riguroso…», «esta obra viene a llenar un hueco que…», «dirigido tanto a los especialistas como al público en general…», «unos contenidos expuestos con sencillez…». Alguna que otra vez, lo confieso, he tenido que redactar esos malditos textos, y siempre recordaba a Homero: tantos siglos después, seguimos empleando el mismo sistema.

¿Siguen creyendo que el corrector de concepto es prescindible? Aquí he puesto algunos ejemplos (la lista es larga) que, espero, pueden hacerles pensar antes de responder a esa pregunta. La segunda pregunta, y con la que ya cierro, nos incumbe, de nuevo, a todos los que compartimos la pasión por la lectura: ¿hasta cuándo seguiremos pagando por productos defectuosos como si fueran buenos? Si ustedes van a comprarse unos pantalones y, al llegar a casa, descubren que están rotos, seguro que volverán a la tienda y pedirán que se los cambien por unos que no tengan ese defecto o, en su caso, les devuelvan el dinero que pagaron. ¿Por qué no se nos ocurre hacer lo mismo con los libros? ¿Acaso los errores y las erratas no son una tara? ¿Por qué nos obligan a quedarnos con un libro mal hecho? ¿Por qué no nos lo cambian también por uno que esté bien hecho o, al menos, nos devuelven el dinero que hemos pagado por él? ¿Por qué no empezamos, de una vez, a pedir aquello a lo que tenemos derecho? Quizá si las editoriales empezaran a recibir quejas por sus productos (se llaman libros), también comenzarían a darse cuenta de que tienen que cuidarlos antes de sacarlos a la venta.