jueves, 6 de septiembre de 2018

Otros palabros (LIV): Concertina


Hasta 1917 una “concertina” (/ˌkɒnsəˈtiːnə/) era la versión portátil del acordeón, de tamaño algo menor, de forma hexagonal u octogonal, con el fuelle más largo y botones en ambas cubiertas en lugar de teclado. Charles Wheatstone, miembro de la Royal Society (inventor también del estereoscopio y del puente de Wheatstone, utilizado para medir las resistencias eléctricas) fue el creador tanto de este instrumento musical como de su nombre, formado por el sustantivo “concert” /ˈkɒnsɜːt/ (“concierto”) más la terminación “–ina”.

En la I Guerra Mundial, los soldados comenzaron a fabricar a mano bobinas de alambre de espino reforzadas con cuchillas que pudieran posteriormente expandirse como un acordeón para ser utilizadas como obstáculo para su uso militar; en la actualidad se producen de manera industrial y este significado ha ocupado con creces el lugar que originalmente correspondía al instrumento musical, aunque muchos diccionarios solo recogen su antigua acepción.

En los últimos meses del año 2013, la palabra “concertina” se hizo asidua de la prensa española en noticias referentes al control de las fronteras para prevenir la entrada de inmigrantes, que sufrían profundas heridas (o incluso la muerte) si intentaban cruzar estas barreras.

Para Blanca Collazos, de la Comisión Europea, esta metáfora «Provoca una dislocación semántica chirriante: hay una especie de aberración etimológica en justificar este término por la semejanza con uno solo de los elementos semánticos del concepto en el que se basa —la disposición del alambre en bobinas permite estirarlas fácilmente a modo de fuelle—; la semejanza entre la concertina original y la siniestra concertina metafórica se agota en esa sola cualidad mecánica; en todo lo demás, ambos términos son antagónicos; las ideas de “concierto” y “concertar” que nos evoca el instrumento musical —‘Componer, ordenar, arreglar las partes de una cosa, o varias cosas’. ‘Ajustar, tratar del precio de algo’. ‘Pactar, ajustar, tratar, acordar un negocio. ‘Traer a identidad de fines o propósitos cosas diversas o intenciones diferentes’. ‘Acordar entre sí voces o instrumentos musicales’ (DRAE)— son radicalmente ajenas al penacho de alambre con el que se ha sugerido reforzar nuestras fronteras. Algo de esta incomodidad parece notarse incluso en el uso a veces reacio o vacilante de esta palabra, acotándola o acompañándola con otras que dicen de forma mucho más explícita lo que se designa —“alambre provisto de cuchillas”, “alambrada de cuchillas” (AI)—».

Por estas razones, “concertina” fue elegido palabro del año 2013, con el apellido “ignominioso”, en el n.º 136 de la revista Puntoycoma.

miércoles, 29 de agosto de 2018

¿Necesitamos el adjetivo «floable»?




Luis González
Comisión Europea


La siguiente frase, reproducida literalmente en cientos de textos disponibles en internet, parece indicar que el término «floable» no es del todo preciso:

«Floable» es un neologismo que corresponde al concepto más ajustado de «suspensión concentrada»1.

A primera vista, este adjetivo (usado cada vez más como sustantivo) parece más bien un calco macarrónico del inglés flowablecapable of flowing or being flowed», según el Merriam-Webster). Se nos dice que se aplica a una sustancia química que combina las cualidades de un concentrado emulsionable con las de un polvo humectable y que, en formulación «floable» (es decir, como suspensión concentrada), se nos presentan sólidos que son «insolubles en agua y también en solventes orgánicos». Estos sólidos se muelen muy finamente y se mezclan con un líquido, con emulsionantes y con dispersantes hasta formar una suspensión concentrada estable.

A los no especialistas en cuestiones químicas puede escapársenos parte del significado técnico de «floable», pero desde un punto de vista puramente formal cabe quizás plantearse si necesitamos este adjetivo (o sustantivo) en español. En el sitio web de una empresa química mexicana se defiende su uso con la siguiente aclaración:

Floable: En sentido estricto es una suspensión concentrada. La diferencia entre una solución concentrada y un floable sería que, en este último, el ingrediente activo se encuentra en estado sólido pulverizado diluido en agua, es decir, que las partículas quedan suspendidas en agua y alcoholes2.

¿Puede ser esta una razón suficiente para recurrir al préstamo adaptado? ¿No habría sido más lógico y más claro traducir llanamente flowable por «fluidificable»? «Floable» parece haberse extendido, sobre todo en América, aunque el flowable inglés aparezca también traducido como «fluidificable» o, en otros contextos, ya fuera de la química, por «friable», «dispersable», etc. En todo caso, no parece que este neologismo sea muy usual en España. , catedrático de Química Inorgánica de la Universidad del País Vasco y editor de la revista Anales de la Real Sociedad Española de Química, nos señala que no ve necesario introducir en español neologismos técnicos poco claros «cuando su significado se puede explicar con toda precisión con dos palabras».

viernes, 3 de agosto de 2018

Otros palabros (LIII): Gestualizar


El verbo “gesticular”, definido por el DLE y otros diccionarios como ‘Hacer gestos’, tiene su origen el el latín “gesticulari” (hacer gestos o movimientos corporales). A su vez, la primera acepción del sustantivo “gesto” es ‘Movimiento del rostro, de las manos o de otras partes del cuerpo, con que se expresan afectos o se transmiten mensajes’, es decir, un movimiento de alguna parte del cuerpo, en especial la cara o las manos, destinado a comunicar o a reforzar la expresión.

Pero según Xavier Coma Viñas, autor del curso Manual de gestión de comercio, «“Gestualizar” no es lo mismo que “gesticular”. “Gestualizar” es acompañar lo que decimos con el gesto, apoya lo que estamos comunicando. Conseguimos así que el receptor no sólo nos oiga, sino que también nos vea. “Gesticular” es mover las manos, los pies, etc., no canalizando la energía nerviosa, movernos sin tener conciencia de nuestros movimientos, así generamos parásitos externos que debilitan el mensaje». Es evidente que su definición de “gestualizar” coincide con la de “gesticular”, pero no voy a ser yo quien le quite la ilusión.

viernes, 4 de mayo de 2018

Cuello colorado


Me encuentro con esta expresión en la traducción al español de Compactos Anagrama de la novela de Truman Capote A sangre fría: «Muy posiblemente en aquel preciso instante Dick se hallaba dentro de un círculo de detectives de “cuello colorado”».

Se trata de una interpretación libre (y sin ninguna nota explicativa) del regionalismo del sur y sudeste de los EE. UU. “redneck” (/ˈrɛdˌnɛk/), que suele traducirse como “cateto”, “cerril”, “zafio”, “pueblerino”, “provinciano”, “paleto”, “palurdo” o “campesino blanco de los estados del Sur” (además de los coloquiales “choni”, “cani”, etc.).

Además, es un vocablo que, sin ser realmente un sinónimo por la gran cantidad de connotaciones y matices, suele confundirse o relacionarse con “hick” /hɪk/ (“rústico”, “de aldea”), “hillbilly” /ˈhɪlˌbɪlɪ/ (“montañés”) e incluso los muy peyorativos y despectivos “white trash” /waɪttræʃ/ y “trailer trash” /ˈtreɪlətræʃ/ (“gentuza”, “chusma”).

El diccionario Oxford lo define como ‘A working-class white person from the southern US, especially a politically conservative one’ (‘Persona de raza blanca de clase obrera del sur de los EE. UU., en particular de ideología política conservadora’), el Merriam-Webster como ‘A white member of the Southern rural laboring class’ (‘Miembro de raza blanca de la clase trabajadora rural sureña’) y según Wikipedia su origen se debe al hecho de que los trabajadores rurales, al trabajar expuestos al sol, terminan con el cuello enrojecido, aunque hoy en día se suele utilizar para denominar de manera peyorativa a los blancos sureños conservadores y para despreciar a la clase trabajadora rural de raza blanca, percibida como ultraconservadora en el ámbito urbano y progresista. Por otro lado, algunos sureños de raza blanca se han identificado con el término y lo usan con orgullo a modo de cuasieufemismo.

Sin embargo, el origen más probable del término se remonta al año 1630, durante las crisis que culminaron en la Revolución inglesa. Los presbiterianos de Escocia disentían tanto de la visión anglicana como de la de los cada vez más numerosos puritanos. En su opinión, los anglicanos eran «católicos sin el Papa», mientras que los puritanos eran unos necios medio locos y utópicos que querían crear una «brillante ciudad en la colina» desde la cual gobernar Londres. En declaraciones emitidas en 1638 y 1641, estos escoceses de las tierras bajas emitieron los llamados «Covenants» /ˈkʌvənənt/ (‘promesa solemne’ o ‘documento legal’), mediante los cuales declararon que no aceptarían la forma anglicana de gobierno de la Iglesia (encabezada por el Rey), pero tampoco el punto de vista teológico-político de los puritanos. Los «Covenanters» (/ˈkʌvənəntə/) firmaron sus juramentos con su propia sangre y muchos de ellos llevaban trozos rojos de tela o cuellos rojos rígidos para indicar su identidad como disidentes (de ahí «cuellos rojos»). Después de la Revolución inglesa, y de nuevo después de la Rebelión Jacobita de 1745, estos escoceses se vieron obligados a emigrar a los EE. UU., y se establecieron en gran parte en el Sur. Para cuando estalló la Guerra de Secesión, el término se usaba para describir a los sureños blancos de todas las tendencias religiosas. Curiosamente, en el Norte la mayoría de quienes tenían apellidos ingleses descendían de estos emigrantes puritanos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Otros palabros (LII): Addenda / addendum


Ya sea por “peddantería” o por hipercorrección, es muy común duplicar consonantes de manera innecesaria y contraviniendo tanto el sistema gráfico del castellano como la Ortografía académica (*bróccoli, *túnnel, *chópped, *ralli, *dossier).
El el caso de adenda (‘Apéndice, sobre todo de un libro’, ‘Añadido que se hace al final de un texto’, ‘Conjunto de adiciones al final de un escrito’), se escribe sin duplicar ninguna –d–, pues es un término ya adaptado al español a partir de la voz latina “addenda”. Aunque dicha voz sea el plural de “addendum” (‘Lo que ha de añadirse’, de “addĕre”, “añadir”), se ha incorporado al español con significación singular (al igual que “bacteria” y muchas otras palabras de la lengua especializada), por lo que el plural de “adenda” es “adendas” y no es necesario el uso de “addendum” para el singular (y mucho menos “addendums” para el plural), que en ocasiones se utiliza en publicaciones científicas (perdón, papers) por influencia del inglés.
Otras variantes que pueden encontrarse son “ademdum”, “addenum” o “adendo” (esta por influencia del Portugués).

miércoles, 7 de febrero de 2018

Para entendernos por ahí perfectamente

Como a los columnistas del dominical nos toca entregar las piezas dos semanas antes de su publicación, rara vez debemos ocuparnos de los asuntos más llamativos. Para cuando nuestros textos vean la luz, habrán ustedes leído docenas de artículos al respecto y se habrá dicho cuanto cabía decir sobre ellos. Si a eso añadimos los instantáneos e incontables tuits planetarios, carece de sentido que ahora agregue yo una sola palabra sobre la infausta presentación de la candidatura olímpica de Madrid 2020, en Buenos Aires. Pero compréndanme: soy madrileño de Chamberí y vivo cerca de la Plaza Mayor, y creo que mi conocimiento de la lengua inglesa me autoriza a emitir juicios sobre el dominio que de ella poseen los españoles «importantes» que se atreven a hablarla: he vivido en Inglaterra y algo en los Estados Unidos, he traducido obras difíciles de los siglos xvii, xviii, xix y xx, he dado clases, conferencias, lecturas y entrevistas en ese idioma. Y precisamente por eso sé que hoy, y desde hace tiempo, ir por el mundo sin desenvolverse en inglés es como caminar con una pierna, ver sin gafas cuando uno padece un montón de dioptrías o —más ajustada la comparación— mostrarse como un imbécil completo sin capacidad de intelección ni entendimiento.


El inglés es una lengua endiablada, y lo sabemos quienes llevamos toda la vida manejándonos con ella, siempre de manera imperfecta: está llena de excepciones a las reglas y de excepciones a las excepciones; la distancia entre la ortografía y la fonética es enorme; las construcciones sintácticas pocas veces son sencillas. Pero también es cierto que el mundo está lleno de gente extranjera que consigue expresarse en ella decentemente, incluidos futbolistas, por mencionar un gremio sin mucho motivo para aplicarse en su estudio. Y si hay futbolistas que la dominan, no hay excusa para que no lo hagan nuestros presidentes de Gobierno ni nuestros ministros, o la alcaldesa de Madrid y el presidente de nuestro Comité Olímpico, Alejandro Blanco, que se supone que llevan años viajando por ahí, «haciendo lobby» —como se dice en pseudoespañol últimamente— y recabando votos para lograr algo difícil, todo a cargo —en parte— de los contribuyentes. A Ana Botella, como a su marido, Aznar, hace tiempo que los engaña alguien que les ha hecho creer que hablan y entienden el inglés, cuando es un idioma apenas comprensible a sus oídos y estropajoso y casi ininteligible en sus bocas. Como el matrimonio parece soberbio, mujer y marido se han apresurado a creerse el engaño, y a hacer el ridículo por tanto. Uno se pregunta en cuántas más cosas —de mayor importancia— son engañados los políticos por sus infinitos consejeros aduladores, y cómo es que aquéllos están siempre dispuestos a tragarse las trolas que los halagan. ¿Son todos tan jactanciosos y fatuos como parecen? Aparte de eso, hubo por lo visto un «autor» del discursillo memorizado de Botella, un tal Terrence Burns, responsable de una empresa que ha cobrado no sé si uno o dos millones de euros por prestarle semejante plática y servicios similares. No se sabía si Botella estaba en la teletienda, soltando un anuncio de agencia de viajes o —su donairosa entonación y su gesticulación «pícara» inducían a pensarlo— invitando a los miembros del COI a echar una cana al aire: «Madrid is fun! A quaint romantic dinner in el Madrid de los Austrias! The magic of Madrid is real!» Todo pronunciado macarrónicamente e incluso con los acentos cambiados: «Friend-shíp», dijo, como si fuera vocablo agudo… El rubor arrasó mis blancas mejillas.


Pero aún más sonrojante y grave fue el caso del señor Blanco, adalid de nuestro proyecto. Se le oyó menos, pero lo suficiente. «No listen the ask», respondió una vez, alegando que no había oído una pregunta. Pocos días más tarde lo vi en televisión: «Bueno, hablamos inglés como la mayoría de los españoles, pero vamos, le aseguro que lo bastante bien para entendernos por ahí perfectamente», algo así dijo, con suficiencia. Pues no. Les juro que alguien capaz de contestar «No listen the ask» (pongamos «Escuchar no lo cuestionar», y soy benévolo con la equivalencia) no puede entenderse en inglés con nadie, ni en lo más elemental. Y ese señor no es «la mayoría de los españoles», que ya tienen bastante con hablar su lengua, sino un individuo que lleva años pagado por el Estado —en parte—, efectuando una tarea para la que no es competente, y él ha de ser el primero en saberlo.


Cuando pasaron al español tras la eliminación de Madrid, no fue mejor la cosa. Veamos. Ese señor Blanco declaró con pompa: «La derrota supone también una victoria» (???). Y no contento con la sandez y la contradicción en los términos, insistió: «Nos podrán derrotar, pero nunca seremos vencidos» (???). A Botella le gustó la imbecilidad o sinsentido, porque se apuntó de inmediato: «Un proyecto lo podremos perder, pero nunca nos podrán derrotar» (???). Bueno, ya saben que en el PP todos son ecos de ecos. Otro día volveré sobre las favelas, la asquerosa mugre y las ratas a la carrera in Plaza Mayor e in el Madrid de los Austrias, que la alcaldesa tuvo la desfachatez de vender como lugares «románticos y relajantes». Habrá habido otras razones de peso para que Madrid haya perdido, pero habría bastado con escuchar a esos dos representantes, en cualquier lengua, para colegir que el proyecto estaba en manos de ineptos. ¿Cómo se le iba a confiar a gente así la organización de unos Juegos? El pobre Príncipe Felipe, él sí con su inglés excelente, quedó sin duda barrido por los tópicos bochornosos, los balbuceos ininteligibles y las necedades.

sábado, 27 de enero de 2018